08 de febrero de 2016
08.02.2016

De pactos y compromiso

08.02.2016 | 04:15

Leo a menudo a John Carlin. Cuando habla de fútbol y cuando lo hace de política. Viene a ser el británico que interpreta el fútbol con los ojos de Eduardo Galeano. Le leí reciente un comentario que bien puede resumir el ambiente creado en España ante el tema de los pactos. Se trataba de una conversación entre compañeros en la que uno de ellos manifiesta que aquel que quiere pactar, «no tiene principios». Nuestra cultura del pacto es ajena, dice Carlin, a la del «compromiso» británico, en la que convencer es menos importante que convivir. En el compromiso británico, se parte de la idea de que se deben hacer concesiones mientras que en el pacto hispano se suceden las líneas rojas que no debe traspasar el otro, si bien van rebajándose en intensidad a medida que la fecha del encuentro se acerca. Pero mientras el británico supone el convencimiento de que cediendo ambas partes ganan, nuestro pacto parte de la creencia de que una de las partes se lleva el gato al agua o, como máximo, que ambas pierden, algo. No se valora suficientemente la apuesta machadiana: «¿Tu verdad? No, la Verdad y ven conmigo a buscarla».

Hoy en el Reino Unido, Owen Jones habla de la «revolución democrática», no ya de la «selecta minoría» orteguiana que debía transformar la sociedad con voces aisladas y acciones dispersas, sino de un conglomerado social, solidario y con acciones combinadas. No pendiente de intereses partidistas, sino del conjunto social; no mirando a las próximas elecciones, sino a las siguientes generaciones; no con un crecimiento sostenido, sino mediante un desarrollo sostenible. Una «revolución democrática» destinada a reclamar por medios pacíficos los derechos políticos de todos y a conseguir el poder mediante ideas con el suficiente ingenio que planteen una política de pactos asumible por todos aquellos quienes quieran participar en esta revolución pacífica. Ideas que si en el pasado pudieron haber sido tildadas de extremistas, su cuidada elaboración y transmisión deben acreditar su oportunidad y buen hacer.

Ahora en España, ya hay un candidato a la investidura. Hemos llegado al momento de conocer si sabemos pasar de las palabras a los hechos, si estamos dispuestos a hacerlo. El compromiso supone entendimiento, voluntad de cooperación. No coincidencia absoluta, sino capacidad de razonamiento. No abdicación de unos principios, sino aproximación ante unos conflictos. Sean ideológicos o territoriales tras el resultado de las pasadas elecciones. La realidad social cambia y las instituciones deben adaptarse a los cambios. Y no al revés. Pactando, o mejor, comprometiéndose. Y aceptando democráticamente el resultado de esos pactos. Como sucede en diferentes comunidades autónomas, como la nuestra, gobernada por Ximo Puig. Y deben hacerlo quienes suman mayoría para hacerlo, lo cual parece obvio pero cuesta entenderlo. Pues no hay nada más testarudo que lo razonable. Sin líneas rojas que impidan transitar, sino con manos tendidas que permitan avanzar ante la realidad social y territorial española.

Para pactar no hace falta estar de acuerdo en todo, sino aceptar el compromiso de salvar las diferencias de cada cual en base a un proyecto común que acometa las necesidades sociales y las reclamaciones territoriales en base a un acuerdo razonable acorde con el resultado electoral. Para lo cual la generosidad no debe entenderse como facilitar el acceso a la presidencia del Gobierno sin conocer todavía los puntos del acuerdo, sino a estar dispuesto a compartir un proyecto con el mayor número posible de intervinientes que facilite la mayoría suficiente para la aprobación de unas reformas tan necesarias como las que deben adoptarse en estos momentos en materia de política interior, y, asimismo, que permitan salvar las ausencias que se observan en política internacional.

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