09 de febrero de 2016
09.02.2016

Nada menos que teatro

09.02.2016 | 04:15

Con frecuencia, cuando pretendemos devaluar el comportamiento de alguien que a nuestro juicio gesticula demasiado, exagera sus maneras o «dramatiza» en exceso, usamos la expresión «está haciendo teatro». Yo mismo, por mi pobre lenguaje, he usado también en la frase precedente la expresión «dramatizar» de modo que cayendo en la tautología he dicho algo así como «cuando se dramatiza se hace teatro». Y es que, como amante de ese arte, que curiosamente no es considerado entre las siete clásicas ( 1º La arquitectura;2º La escultura; 3º La pintura; 4º La música; 5º La danza; 6º La poesía/literatura; 7º El cine) me siento herido en mi sensibilidad al comprobar que teatralizar algo parece ser considerado como prueba de su escaso valor, de su falta de contenido conceptual. Y nada más lejos de la realidad, a mi juicio.
Porque, si analizamos con más cuidado los gestos humanos, veremos que «dramatizar» hacer teatro con nuestros gestos, demuestra por el contrario una prueba de la necesidad que requiere nuestro gesto de ser aceptado como algo solemne, no rutinario y por lo tanto importante, que nos gustaría que fuera aceptado como tal por los demás. Veamos algunos gestos cotidianos, dentro y fuera de nuestro entorno próximo, para evidenciar la importancia de la teatralización.

Los jueces británicos, al menos hasta hace poco tiempo –el Reino Unido tenía uno de los sistemas judiciales más prestigiosos del mundo- usaban peluca además de la toga, cuando impartían justicia. Observado con ojos cínicos podríamos haber menospreciado ese gesto al interpretarlo como un disfraz o una burla a lo justiciado. Nuestros juristas también se disfrazan en los juicios, solo con las togas, y no por eso devaluamos sus actuaciones. Hacen teatro, sin duda.

La iglesia (todas las iglesias, pero miremos la más cercana) basa su liturgia en variadísimas manifestaciones teatrales. Los creyentes no devalúan esos ritos por la teatralidad de las vestiduras, gestos y cánticos en general bien preparados y provistos a veces de coreografía muy elaborada. La vida civil también propicia las actuaciones teatrales en las bodas, entierros y toda serie de actuaciones a las que las personas nos hemos acostumbrado a rodear de solemnidad. Es decir: se dramatiza, se hace teatro consciente o inconscientemente en toda situación en la que quien la protagoniza desea que «el público», a quien se dirige la comunicación, reciba el mensaje con atención y respeto a la solemnidad de lo representado.

Viene esto a cuento por la polémica que ha suscitado en todos los medios de comunicación lo sucedido en uno de los principales teatros de España: el parlamento de los diputados. El reparto de escaños (el asiento físico: la butaca, no la situación legal del ejercicio como diputado) a los recién electos representantes de la ciudadanía ha sido, en cierta manera como el «primer acto», o el prólogo, de la obra a representar. ¿Comedia? ¿Tragedia? Toda situación, intervención, gesto, postura, son importantes en el desarrollo del espectáculo, de manera que no parece ilegítimo que en una obra en la que muchos desean ser protagonistas (y cada votante desea que su votado lo sea). Sería bueno que la tramoya y la distribución de los actores respondan proporcionadamente a los deseos de las mayorías del público. El guión es importante y hay que llevarlo bien preparado aunque las improvisaciones pueden –solo ocasionalmente- dar lugar a momentos brillantes. ¡Que se levante pronto el telón y podamos presenciar una representación magnífica! Lo que estamos viendo es€¡Nada menos que teatro!

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