17 de febrero de 2016
17.02.2016

Un cambio de paradigma

17.02.2016 | 04:15

En su intento de defender ante los medios de comunicación la no vinculación de su mujer, Asunción Barberá, hermana de la exalcaldesa de Valencia, con la trama de la operación Taula, que investiga el presunto blanqueo de capitales en el seno del grupo municipal del PP en el Ayuntamiento de Valencia, el abogado José María Corbín afirmaba el pasado miércoles: «Permitidme la licencia; si yo me entero de que mi mujer ha dado mil euros, la corro a bofetadas. Ni ha dado ni se los ha pedido nadie». 

Sus palabras han despertado una enérgica respuesta en medios de comunicación y redes sociales, con acusaciones de machismo y apología de la violencia hacia las mujeres. La Consellería de Igualdad y Políticas Inclusivas ha interpuesto una denuncia contra él ante el Ministerio Fiscal por la posible comisión de un delito de odio.

Nuestro Código Penal incorpora desde 2015 una definición del delito de incitación al odio y a la violencia, que incluye todas aquellas conductas que fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia contra grupos o personas por su pertenencia a una determinada religión, ideología, etnia, origen, sexo, enfermedad, situación familiar u orientación sexual.

Y es que, en lo que afortunadamente una buena parte de la ciudadanía está de acuerdo a estas alturas, es en que toda una serie de comentarios, bromas, chistes o actitudes de este tipo están en la base de una cultura machista que alimenta y permite comportamientos que, como seguimos comprobando, tienen efectos verdaderamente dañinos y peligrosos para las mujeres. Y que también se traducen, en muchas ocasiones, en diferentes grados de tolerancia o complicidad con conductas de control, menosprecio, cosificación o discriminación hacia las mujeres a muchos niveles, ante los que debiéramos tener una tolerancia cero. Si no fuera así, no podría entenderse que muchas de las mujeres que viven situaciones de violencia afirmen que sienten vergüenza de contar lo que les ocurre o que quienes son testigos de ellas continúen dudando de si les incumbe actuar al respecto. Algo que no sucede ante cualquier otro tipo de delito. 

Los gañanes y machos que aún habitan entre nosotros, que se manejan todavía en la legitimidad de su supuesta superioridad, han de saber que ya no son admisibles discursos, no sólo machistas o sexistas, sino también clasistas, racistas o lgtbófobos. El Ayuntamiento de Valencia está comprometido con liderar ese cambio de paradigma, con ese enorme y profundo reto que supone pasar de la cultura de la dominación a la del respeto, la  convivencia y la inclusión de quienes históricamente han estado excluidos y excluidas de los lugares de poder, decisión y construcción de discursos. La radical diferencia es que ya no van a contar con nuestra complicidad para permitirse esas licencias.

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