21 de febrero de 2016
21.02.2016

Valencia, ciudad inquieta

21.02.2016 | 04:15
Valencia, ciudad inquieta

Un activo de la nueva política valenciana ha ido a explicarse a Madrid. Su alocución tuvo cuatro ejes: combatir la corrupción, priorizar inversiones, saneamiento financiero y gestión próxima al ciudadano. Como pudo apreciar, el enemigo no duerme ni se arredra en su desvergüenza. El alcalde Joan Ribó coincide con Martín Domínguez, director defenestrado de Las Provincias (1958), en que las ciudades sin muralla pierden su identidad. Uno, porque teme la cementación de la huerta y el otro porque el derrocamiento de las murallas supuso la ruralización de la urbe. Las murallas constriñen y protegen. Una revolución, comandada por el gobernador Cirilo Amorós, que en 1865 removió los cimientos, transformó su configuración y cambió su identidad al dejar la urdimbre urbana sin puertas que la defendieran. «Toda Valencia queda sin puertas, abierta a su vega», escribe Martín y añade «como un paño "desvoretat", sin orillo, el viejo casco urbano lanzaba al extrarradio las hilachas de sus callejas sin murallón, abiertas al río o a los campos». Eterno dualismo valenciano entre lo rural y lo urbano. ¿Cuál ha de ser el papel de la capital en el país?

Ribó ha ido a Madrid a explicar su proyecto de ciudad nueva y probablemente no lo hayan comprendido. Lo valenciano sigue siendo irrelevante en la capital del Estado. Dirán: ¡Ya están estos huertanos dando la vara a escasos metros de la Cibeles! Nueva Economía Fórum, al organizar la intervención del alcalde de Valencia, no sabe lo que ha hecho. ¿O sí lo sabe? Un poco más allá, en conexión con ese nuevo fenómeno político que está ocurriendo, en la Carrera de San Jerónimo, el Congreso de los Diputados ubica a los parlamentarios de Compromís en el ala extrema de las dependencias del Grupo Mixto. Tampoco se les entiende. Son gente rara. Ni embravecidos como vascos y catalanes, ni tan siquiera agreden. Joan Baldoví y los suyos se abren sitio en la guarida del poder ancestral. ¿Qué quieren y adónde van estos aprendices que tanto suenan estos días como intrépido eco en las negociaciones para formar Gobierno? El rey les llama, Pedro Sánchez les suma, Pablo Iglesias no sabe qué hacer con ellos y Albert Rivera „líder catalán de la remozada mesocracia españolista„ les da cancha. Algo está naciendo con el desembarco madrileño de Ribó, y de Baldoví. Al fondo, el empuje del liderazgo, ahora un poco desplumado, de Mónica Oltra. La mayor presencia e influencia estrictamente valenciana en la política española, como reconoce el hombre de La Vanguardia en la capital de España, Enric Juliana.

La ciudad de Valencia, a un mes de las Fallas, se aproxima a la prueba de fuego. No son las mejores circunstancias para afrontar un desafío crucial. En la novelas de Blasco Ibáñez, Valencia tiene estómago, cerebro y pulso de epopeya. Enric Sebastiá, alumno riguroso de Joan Reglà, fue más allá en su ensayo sobre Valencia en las novelas de Blasco, al afirmar que «la burgesia valenciana no habia sabut respondre al repte de la industrialització i volgué eludir aqueixa segona etapa del procés econòmic general per passar-ne a la tercera, la de la burgesia financera».
La ciudad es hoy un crisol de potencialidades. Caja de resonancia y confluencia de las sinergias del país. Cien años después, vuelve a ser la burguesía, ya casi nada rural, más bien industrialmente derrotada y fiada a los vaivenes especulativos, la que tiene el cometido de impulsar el país, después de casi cinco lustros de apostar por el chalaneo y la sinrazón. Bancos y cajas de ahorros se han ido al garete. Al otro lado de los flujos de financieros: la desvitalización de las Cámaras de Comercio, el despilfarro en Feria Valencia, de la Fórmula 1, de la hiperdimensionada Copa del América, del saco sin fondo del Puerto de Valencia, del despiporre de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, con el Ágora inconclusa y l´Hemisfèric, para ver cine.

Valencia, viva, tolerante y plural, tiene la oportunidad de asombrar revirtiendo imagen y proyección por el camino de la autenticidad y el realismo. No lo tiene fácil. El peso de la historia, la operatividad de su dimensión, la conexión de la trama urbana con la huerta y sus confines. Los ciudadanos, sus principales protagonistas y las personas que nos contemplen, apreciarán un área metropolitana, que se plantea su porvenir en clave de ultimátum: crecer en todos los frentes o languidecer para siempre. La capital que no tira del país, con sacrificio y magnanimidad, más que una ciudad es un fracaso.

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