24 de febrero de 2016
24.02.2016

Los comercios y el empleo

24.02.2016 | 04:15

Nos hemos habituado a responsabilizar del paro a los gobiernos de turno o a los empresarios, cuando realmente se trata de un problema de concienciación social. Acabar con la falta de trabajo es un compromiso de toda la sociedad y por tanto de los individuos que la formamos como miembros de grupos sociales: ayuntamientos, comunidades de vecinos, asociaciones diversas y, por supuesto, sindicatos.

Recorriendo la campiña inglesa pude comprobar que trenes mucho menos modernos que los nuestros mantenían la figura del revisor. Las estaciones intermedias seguían teniendo operarios. En España, en busca de un ahorro económico se ha ido suprimiendo empleos sin ningún tipo de miramiento. Imaginemos por un momento que la mayoría de las fincas de Valencia recuperara la figura del portero, encargado de controlar la salida y entrada de personas, bajar la basura, ayudar a la limpieza y colaborar con los vecinos ante cualquier problema; sin duda, se crearían puestos de trabajo. Imaginando más, pensemos que la red de gorrillas es asumida por los ayuntamientos que los asesorarían y les ofrecerían unas dignas condiciones laborales. Ayudarían en la complicadísima tarea de buscar aparcamiento evitándonos la intimidación actual de pagar por miedo a que nos pase algo en el coche. Puestos a seguir conjeturando, pensemos que somos honrados pagando los impuestos, con lo que enriquecemos a nuestro país, comunidad y ayuntamiento. Ya al borde del delirio imaginativo, acabemos con el egoísmo y la mentalidad del quiero esto pero si es gratis mejor. Práctica impresentable la de bajarse de internet libros, películas o música sin respetar los derechos de autor, auténtica sinvergonzonería que se lleva por delante puestos de trabajo.

Ayudar al pequeño comercio es básico para crear empleo, pero más importante es acudir como compradores a tiendas de barrio donde el trato personalizado está asegurado. Hubo un tiempo en que las tiendas florecían en nuestros barrios. Recuerdo con nostalgia que en los años setenta muchas calles del barrio del Carmen eran pequeños microcosmos comerciales. En la calle Roteros, el señor Juan, siempre elegante, nos vendía en su droguería todo tipo de productos de limpieza. El señor Pepe, vecino y amigo, todo un personaje que hizo sus pinitos en el mundo taurino y también fue árbitro, nos brindaba en La Casa de las aguas el vino de Villar del Arzobispo. En esta misma calle, en el ultramarinos de l´Amante podíamos adquirir de todo. Si queríamos vino a granel, acudíamos a la bodega de enfrente. Los lápices Alpino los comprábamos en la papelería de al lado, lugar que desprendía un olor especial y que invitaba a la realización de manualidades. El pan y el chocolate Lingotín los adquiríamos en el horno de Montaner. La parada de frutas y verduras de Ramón hizo historia en la plaza de Serranos, así como la pollería de Manolo, siempre simpático y bromista. En el quiosco de Tonica, en la calle Na Jordana comprábamos cromos, chicles Cheiw o Bazoca. Antonio el gitano, zapatero de la Plaza de Na Jordana, nos arreglaba toda clase de calzado, incluidas las chirucas.

Así podríamos estar enumerando y enumerando tiendas que creaban empleo y riqueza. Sería deseable que todas las administraciones y gobiernos se pusieran de una vez de acuerdo con el pequeño comerciante para fomentar y ayudar a este tipo establecimientos que humanizan las compras.

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