08 de marzo de 2016
08.03.2016

Umberto Eco y el final del laberinto

08.03.2016 | 04:15

La familia de Umberto Eco quiso que su funeral fuera "sobrio y breve". Se celebró en el Cortile della Rocchetta del Castello Sforzesco de Milán. Habría de ser, además, laico. Aun así, los organizadores introdujeron una bendición. La pronunció Salomone Ovadia, actor, escritor, compositor y cantante. Se declara agnóstico. Abandonó hace poco el judaísmo por estar en desacuerdo con la política de Israel. Y esta fue la prez ante el difunto: "Que Dios te bendiga, sobre todo por no creyente, porque Dios soporta a los creyentes, pero prefiere decididamente a los ateos". Según Ovadia, también los no creyentes se bendicen entre sí.

De joven, Umberto Eco formó parte de la Acción Católica. Fue uno de sus dirigentes. Parece que comenzó a perder la fe y a desvincularse de la Iglesia cuando trabajaba en la tesis de laurea sobre "El problema estético en Santo Tomás de Aquino". "Se puede decir que él –Tomás de Aquino– me ha curado milagrosamente de la fe". Cosa extraña, porque hasta el presente ha venido sucediendo justamente lo contrario. Ha sido el caso, por ejemplo, de Jacques y Raïssa Maritain, en quienes tuvo lugar, tras haber entrado ambos en la Iglesia Católica, una segunda conversión, la intelectual, gracias a la "Summa Theologiae" de Santo Tomás.

Como quiera que fuese, Eco siempre se ha mostrado agradecido al Aquinate: "Me gusta su limpieza argumentativa, la capacidad de ver todos los aspectos de la cuestión, incluso los más contradictorios, para después intentar hacer una síntesis". El cardenal Gianfranco Ravasi aún recuerda la emoción de Eco, durante una visita a la Biblioteca Ambrosiana de Milán, al ver un autógrafo de Santo Tomás, escrito con una letra incomprensible, sin correspondencia con su prodigiosa lucidez intelectual.

En la carta que Umberto Eco escribió al cardenal Carlo Maria Martini –los dos recibieron el Premio "Príncipe de Asturias"–, publicada en el libro "¿En qué creen los que no creen?", confesó: "Mi formación se caracteriza por una fuerte huella católica hasta (por señalar un momento de fractura) los veintidós años". Sin embargo, no debió de ser una desvinculación instantánea, sino un proceso que discurrió en el período comprendido entre la defensa de la tesis y la publicación de "Obra abierta". En ésta se halla el ensayo "De la Summa al Finnegans Wake. La poética de Joyce". El lector de esas páginas se dará cuenta enseguida de que Eco reconoce episodios y abocamientos de su propia historia intelectual y espiritual en la trayectoria personal del escritor dublinés.

Por otra parte, en sus "Apostillas a El Nombre de la rosa", Umberto Eco hizo esta declaración: "Empecé a escribir... impulsado por una idea seminal. Tenía ganas de envenenar a un monje". La redacción de la novela fue en realidad un ejercicio de diversión: "Quería que el lector se divirtiese. Al menos tanto como me estaba divirtiendo yo". Bompiani, el editor, hizo una tirada de pocos ejemplares, pero el éxito fue fulgurante. Luego aparecieron otras obras narrativas. Al considerar los temas sobre los que versan en conjunto, el propio Eco ha reconocido: "Sin darme cuenta, escribo siempre novelas teológicas".

De ahí la pregunta que alguien le formuló en una entrevista: "Si no cree en Dios, ¿por qué escribe tanto de religión?". A lo que Eco respondió: "Porque creo en la religión. Los seres humanos son animales religiosos, y este rasgo característico del hombre no puede ser ni ignorado ni preterido". Considera que las religiones son sistemas que hacen posible que el hombre logre encontrar una explicación al misterio de la existencia y sepa afrontar la muerte. Más aún, reconciliarse con ella. La muerte: he aquí la cuestión fundamental en torno a la cual se articula toda la obra de Eco. Arropada de erudición, ironía, medievalismo, semiótica, apocalipsis, bibliomanía y también contradicciones. "Como decía Walt Whitman: ¿Me contradigo? ¡Bueno, pues me contradigo!".

Lo que sucede, según él, es que las confesiones religiosas están decayendo. Y ante la angustia que produce el hecho de morir, el hombre se vuelca en todo tipo de subterfugios. A Eco le llamaba poderosamente la atención el que los científicos fueran tan crédulos y proclives a las supersticiones. Y todo por no hallarse las religiones históricas a la altura de lo que se espera de ellas en lo referente a su misión de procurar a la humanidad contemporánea el agua que calme su sed de infinito. Es por ello por lo que tantas personas en búsqueda se vuelven hacia las ciencias ocultas esperando encontrar la secreta respuesta que satisfaga sus requerimientos existenciales. Y desde esta perspectiva se entiende un poco mejor el laberinto umbertoequiano, reflejo menor del de Jorge Luis Borges.

Con el escritor argentino compartía algunas ocurrencias. Escribió Borges en "El poema de los dones": "Me figuraba el Paraíso bajo la especie de una biblioteca". Y, más prosaico, Umberto Eco imaginaba así su arribo al jardín celestial: "Si un día llego al paraíso y me encuentro con Dios, tengo dos posibilidades. Si es el vindicativo del Antiguo Testamento, le doy la espalda y me voy al infierno. En cambio, si es el del Nuevo Testamento, beh, entonces hemos leído los mismos libros y hablamos la misma lengua. Nos entenderemos". Porque, en efecto, al final del intrincado laberinto de entes, realidades, signos, figuras, conceptos, imágenes, analogías, vocablos, nombres y espejos, nos aguarda una Palabra, pura, simplicísima y luminosa, que es Amor.

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