15 de marzo de 2016
15.03.2016

«Hackeados» por Podemos

15.03.2016 | 04:15

Las élites de este país tienen un problema de percepción. Identificar la justicia no es su fuerte. En verdad, parece propio de eso que se llama naturaleza humana ser más sensible al daño que se padece que al que se inflige. Pero la formación moral consiste en reducir ese asfixiante sentimiento de víctimas para, con distancias, percibir mejor los daños que hacemos, o los que sufren los demás. Aquí, en este asunto, nos comportamos como las culturas más primitivas. Sólo tenemos sensibilidad para los nuestros y para lo nuestro. Lo demás, lo despreciamos. Por lo general, esta hipertrofia del sentido de lo propio tiene un corolario. Generamos órganos de percepción atenta para los que están por encima de nuestro rango social, pero dedicamos el mayor descuido para los que consideramos que están por debajo del nuestro. Así respondemos de forma obsequiosa y dócil a los que pueden proporcionarnos ventajas y de forma descuidada y fastidiosa a los que no pueden darnos nada útil. Esa actitud genera un estilo ambivalente. Parecemos educados y solemnes con unos, pero despiadados y violentos con otros.

Si yo me sumara a la moda de escribir artículos como si fueran monólogos chistosos, diría que no hablo de doña Letizia Ortiz Rocasolano, reina consorte de España. En realidad, el ejemplo que ha dado la reina es todavía peor. Cuando en su día recibimos la noticia de que era amada por el entonces príncipe don Felipe, muchos hicimos el comentario de que entraría en la Casa Real alguien que tendría una perspectiva cercana a la gente común. No podíamos imaginar que a los pocos años la otrora periodista asumiera la perspectiva del 0,1 % del país y despreciara la mirada de la gente sencilla de España. La amistad tiene obligaciones, pero no exceden la medida de la justicia. Un mensaje privado de aliento y un deseo de que se esclarezca la verdad y suceda lo mejor para alguien, esto lo habría entendido cualquiera. Pero un mensaje que divide el mundo entre ellos y nosotros, y regala complicidades cursis y ñoñas al amigo, mientras distribuye «merde» a los demás, que son claramente las víctimas de la actuación del amigo, eso era gratuito e innecesario, desmedido, propio de quien tiene problemas de percepción de lo justo.
En realidad, la impresión que se transmite es que la vida se despliega como una batalla en la que la gente como López Madrid está rodeada y hostigada por la basura del mundo, que escala las murallas de su serenidad, perturbando su sesión de yoga. Esto, por lo menos, es miope. Si esto es la vida para la reina de España, entonces hay algo en su percepción que anda desajustado. Lo que quiere la gente es sencillamente decencia. Es fácil que muchos no sepamos exactamente en qué consiste, pero una de las funciones inevitables de una reina debería ser mostrarla y procurarla. Los mensajes de don Felipe muestran al menos contención y decoro. Su voluntad de hablar con el amigo de tú a tú es comprensible. Pedirle que tome distancias del barullo, es natural. Pero ponerse de su lado incondicionalmente, expresando desprecio al resto del planeta, eso es profundamente plebeyo. Es lo que respondería el ciudadano con menos arsenal vital ante la noticia de que su amigo es un presunto corrupto.

Ser rey o reina no fue nunca fácil, y como ya no se lee a Saavedra Fajardo, se ignora todo acerca de la lógica de esta magistratura, que por democratizada que esté nunca deja de integrar aspectos míticos. Si no se está dispuesto a soportar la grandeza y el sufrimiento de toda condición mítica, mejor convertirnos en personas privadas. El rey, desde que leímos a Kantorowicz, es solo persona pública. Su doble cuerpo no es privado/público, sino mortal/inmortal. Cargar con esa exposición con la dignidad adecuada es propio de otros tiempos, es verdad, pero así es el oficio. Las exigencias de la psique individual en el mundo actual (con sus requerimientos de libertad privada y de goce desinhibido) apenas soportan esa exposición permanente de un rey, que dura toda su vida frente a la representación meramente temporal de una presidencia republicana.

Como profesión, la de rey es rara y extraña, pues consiste en hacer de la ejemplaridad cívica un trabajo perenne. Por eso forma parte del sueldo ser escrutados hasta el límite. ¿Cómo juzgar, si no, la ejemplaridad sin la observación continua? Aquí, los jefes de Estado, perennes o temporales, son algo más que intelectuales de referencia. Son vidas singulares que deben encarnar virtudes compartidas y, ante todo, una percepción común de la justica. Sólo así pueden aspirar a ser lo que deben ser como jefes de Estado: representantes no de una parte, sino del todo cívico. Si leyeran a Saavedra Fajardo, verían que eso implica una especie de milagro: ser un espejo roto donde cada parte del cuerpo social se ve a sí misma, pero que de forma extraña acaba reflejando el todo. Cierto que Saavedra creía que tras el azogue del espejo se escondía el gabinete del arcano. En esto se equivocaba. Detrás del azogue solo hay un secreto: el vacío, la verdadera sustancia mítica de la realeza, no ser nada por sí misma para así poder ser reflejo del todo.

En mi opinión, el problema de los watsaps de la reina reside en que reflejan una verdad propia, privada, imposible de publicar. Eso nos ha causado un estupor siniestro. La ignorancia del cargo consistió en pensar que se podía tener una verdad privada incompatible con el principio de publicidad; que detrás del espejo se podía ocultar algo y mantenerlo opaco al reflejo público. Eso es un error conceptual sobre el propio oficio. Pero en un ambiente tan enrarecido como el de la capital de España, y su vida pública insana, sería casi un milagro que se abriera paso la serenidad de las comprensiones conceptuales.

Puedo testificarlo con una anécdota personal. El miércoles pasado participé en un acto organizado por la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense sobre el proceso catalán. Un acto útil, con una intervención de la catedrática Mercedes Barceló, de la Autónoma de Barcelona, muy interesante para comprender la índole de la propuesta de las fuerzas soberanistas catalanas. Supongo que todo estará en YouTube. Por allí también estaba un hombre público, cuya profesión intelectual le exigiría ante todo el deber de la serenidad. Andaba el hombre preocupado y atribulado porque no controlaba últimamente su ordenador. Su diagnóstico nos sorprendió: los de Podemos se lo habían hackeado. Cuando va a grabar algo, el ordenador se rebela y en pantalla aparece con destellos frenéticos «Podemos», «Podemos»,«Podemos». «Son muy listos», sentenció.

Creo que ese es el estado psíquico de parte de las élites de este país. Sienten sus mentes, en dulce ejercicio perenne de yoga durante decenios, como poseídas por un hacker endiablado que los golpea una y otra vez con una palabra: «Podemos, Podemos, Podemos». En realidad, esas mismas mentes solo andan preocupadas en preparar una España en la que seis millones de ciudadanos no signifiquen nada. Eso no es una percepción asentada en un sentido de la justicia democrática. Esos ciudadanos no merecen la hegemonía, desde luego; pero merecen un respeto político que excede con mucho al hecho normal de que su líder haya cometido errores en la administración de ese poder. Ellos reclaman una España donde sencillamente cuenten y su representación también se refleje en alguna política. Una España en la que no sean «lo demás», «merde». Ir por ese camino sería cometer un error que ni siquiera se cometió en 1978.

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