18 de marzo de 2016
18.03.2016

Ciudadanos de segunda

18.03.2016 | 04:15

No resulta sorprendente que dos fuerzas de centro izquierda como Ciudadanos y el PSOE alcancen un acuerdo. Si bien es cierto que el originalmente denominado como Partido de la Ciudadanía, cuenta en estos momentos con mucho voto prestado del centro derecha y muchos cuadros, singularmente en la Comunitat Valenciana. Ciudadanos nació como una fuerza de centro izquierda para competir con el PSC por un voto que se alejaba de posicionamientos lingüísticos y de concepción nacional de los socialistas catalanes pero que no difería en su posicionamiento ideológico en cuanto al eje derecha/izquierda se refiere.

A nivel valenciano asistimos a un aparente doble alma de la formación. La que se escenificó en la votación que derogó la ley de señas de identidad. Una versión que más bien se aparta de cualquier conflicto identitario y otra que se limita al abrazo de los símbolos propios. Pero más allá de los símbolos o de lo cultural, existe un elemento aglutinador en la sociedad valenciana, que es la defensa de los intereses propios y del autogobierno como elemento fundacional del pueblo valenciano. Esa defensa entraría en los parámetros del mínimo común denominador del valencianismo político. Ha sido precisamente respecto a esta cuestión donde a la primera de cambio Ciudadanos ha abandonado el consenso de todas la fuerzas políticas en les Corts sobre la financiación, oponiéndose a la compensación por la deuda histórica a cuenta del fracasado acuerdo para la investidura de Pedro Sánchez. Convirtiéndonos a los valencianos en ciudadanos de segunda.

En todo caso, no eludo la autocrítica que los populares debemos hacer en esta materia, pero tampoco podemos obviar que el origen del apartheid económico radica en el modelo que aprobó Rodriguez Zapatero con la aquiescencia de los socialistas valencianos, los mismos que guardaron silencio cuando se recurrió la reintegración del derecho civil valenciano. Los mismos que hoy junto a sus socios utilizan la infrafinanciación para ocultar la inacción de su gobierno. Como dice Isabel Bonig, a gobernar se viene llorado. En todo caso, han sido los gobiernos populares los que han mantenido siempre la justa reclamación con independencia de quien fuera el inquilino en la Moncloa. Alcanzando a lo largo de ese tiempo compromisos fehacientes para la resolución de la cuestión y logrando un posicionamiento en la agenda del asunto

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