21 de marzo de 2016
21.03.2016

Fallas y comida callejera, una ecuación por resolver

21.03.2016 | 04:15

Valencia debe poner límites a la invasión de chiringuitos cutres que sufre la ciudad durante las fallas. Es obvio que una ciudad en fiestas se debe de transformar, también en lo que a la hostelería se refiere, pero no así. Primero fueron las churrerías, que vinieron a sustituir con sus luces de neón y sus churros prefabricados a las buñoleras de toda la vida. Deben de dar mucho dinero esas masas fritas para que churreros de media España descarguen aquí sus remolques (algunos con dimensiones de trailers) para contagiar de su insufrible olor a fritanga toda la ciudad. Luego fueron los mojitos (o algo parecido) y ahora, cada vez más, puestos de comida callejera con más metros cuadrados que muchos restaurantes. Paseas por la ciudad y te encuentras un panadero de Portugal, un señor vendiendo embutidos asturianos, un food truck tailandés y hasta un asador que amontona kilos de comida como si de alimentar al ganado se tratara.

No quiero entrar a valorar en este artículo la calidad gastronómica de la oferta. No se trata de eso, aunque es obvio que la mayoría de esos puestos justifican el ayuno. Se trata de ofrecer una imagen más acorde con nuestra identidad. Con lo que somos de verdad. No quiero obligar a todos esos chiringuitos a que se limiten al tópico de la paella y el blanc i negre. Bastaría con que fueran los propios locales de la ciudad los que tomaran la calle para proponer su oferta al visitante. Adaptar parte de su trabajo a una forma de consumo propia de las fiestas. Ayuntamiento y hosteleros deberían de trabajar en ello. Preferiría que, en lugar de un food truck venido de Madrid para vender hamburguesas koreanas, el bar del barrio abriera una barra a la calle donde vender su chivito. Encontrar en la calle un espejo de esta ciudad, en lugar de este parque temático gastronómico sin personalidad que viaja de fiesta en fiesta.

Desearía ver iniciativas como las que tuvieron algunos vendedores del mercado central que sacaron sus puestos a la puerta del mercado y adaptaron su negocio por unos días. Solaz y Manglano, por ejemplo, siguieron vendiendo sus chacinas pero entre pan o en fiambreras, cortado y listo para comer sin parar la marcha. Ese es el modelo a seguir.

Cuando investigo un poco sobre el tema me dicen que en muchos casos son las propias comisiones falleras quienes venden parte del suelo que tienen designado a intermediarios que luego revenden esos metros cuadrados. Claro que las comisiones tienen derecho a financiarse, pero si han de hacerlo comerciando con el espacio público, por favor que sea con cierto criterio.

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