29 de marzo de 2016
29.03.2016

Cultura

29.03.2016 | 04:15

El razonamiento relativista, como la carcoma, prolifera más y mejor en los materiales débiles y desabrigados. El silogismo y la pirueta, el entimema y la prestidigitación, el sofisma y el trile invaden los intelectos zafios con tanta mayor facilidad cuanto menos capaces de ilación ecuánime y pensamiento riguroso los encuentran. Quiere decirse que las mentes chatas no ven más allá de su conveniencia y necesitan el relativismo para defenderla contra el ridículo en que la ponen algunas verdades. Valga, como ejemplo fresco, el último aquelarre protaurino, que reunió hace unos días a la flor y nata del toreo y sus cronistas para destruir de una vez por todas la secular contradicción entre los conceptos de tauromaquia y cultura. El entusiasmo inicial que se apoderó de los primeros espadas y los aficionados al verse juntos por la calle se convirtió en euforia desatada, en frenesí absoluto cuando una representación de la «fiesta» se arrancó por elocuencias y proclamó a voz en grito, desde un balconcillo de la plaza de toros, el enunciado perfecto, la proposición infalible, la premisa prodigiosa, el chilindrón filosófico: que la cultura no es lo que unos u otros digan, sino lo que diga el pueblo. Allí fue la ovación cerrada y el griterío atronador, el asombro y el arrebato: se había rizado el rizo del relativismo; se había opuesto, al aserto relativista de que la cultura es tal o cual cosa concreta, el contrarrelativo argumento de que ya decidirá el «pueblo» „cierta parte del pueblo„, según el instante y la preferencia, qué sea o no sea la cultura, qué pertenece a ella y qué no. El mundo del toro „la parafernalia y la fantasía, la ceremonia y la extravagancia, el aparato y el protocolo urdidos durante siglos alrededor de la salvajada y el trogloditismo de las corridas de toros„ ha reivindicado su autoridad intelectual, su clarividencia insuperable y su condición de pueblo en exclusiva. No hay, a partir de semejante hito humanístico, duda que valga: soltar un toro entre alaridos, jalear a unos individuos vestidos de mamarrachos para que lo maten poco a poco hincándole variados artilugios, y arrastrarlo en medio de la histeria colectiva es un acto repleto de cultura. Sólo espero que tamaña sutileza especulativa no abrume a nuestros vecinos europeos.

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