30 de marzo de 2016
30.03.2016

Dos lecciones exteriores de política interior

30.03.2016 | 16:16

Las migraciones masivas, ya por razones de trabajo, ya por huir de las guerras, constituyen un doble problema. El primero, el que vemos todos los días en los medios y nos conmueve, el de los propios emigrantes: el dolor, la inseguridad, el miedo, la muerte, las enfermedades atenazan a cada uno de ellos. La otra cara del problema, no tan visible de forma inmediata, se localiza en los países receptores.

Digamos, de mano, que existe lo que podríamos llamar una "física de las relaciones sociales", conflictos y reacciones que se manifiestan de manera inevitable en determinadas circunstancias. Por expresarlo en forma de parábola: es relativamente fácil diluir un grupo humano pequeño en otro que hasta entonces era extraño a él, pero, a medida que el tamaño del grupo aportado se hace mayor, la dilución se hace más difícil o imposible, con lo que, con el tiempo, hallaremos conviviendo en un único espacio dos grupos con intereses y formas de ver la vida distintos. Esto, que es ya una evidencia desde hace mucho en varios países de Europa, corre el riesgo de agravarse con los inmigrantes y fugitivos del Oriente Medio.

Ya sé que la amplia comunidad del Gloria in Excelsis, que incluye una variada tipología de personas y organizaciones, no ve ningún problema en todo ello y cree que no existe más impedimento para la recepción ilimitada de emigrantes que la maldad o la miseria de los gobernantes europeos. Conviene, sin embargo, que miremos alrededor y examinemos en vivo cómo se conduce el fenómeno.

Es sabido que la malvada para la mayoría de la izquierda Mérkel fue quien más alentó –si no la única– la llegada de emigrantes/fugitivos a su país, hasta el punto de que se recibieron más de un millón en el solo año pasado. La consecuencia de ello fue que en las recientes elecciones Mérkel y sus socios perdieron muchos votos y ascendieron los partidarios de la xenofobia. De modo que, como dice el refrán, vino a ocurrir aquello de "no hay ninguna buena acción que no tenga su castigo".

Ahora bien el problema real no es ni que asciendan unos ni el que suban otros, la cuestión radica en la realidad, esto es, en los ciudadanos y su visión del mundo. Hay que empezar por señalar que quienes votan, en Alemania y en otras muchas partes de Europa, a ese tipo de partidos "anti" son aquellos que constituían en el pasado el voto fundamental de la izquierda: proletariado industrial, trabajadores de bajos salarios. ¿Qué es lo que ha ocurrido?

En primer lugar, la convivencia; en segundo, la concurrencia. Son las clases bajas quienes conviven principalmente en los mismos barrios con los recién llegados. Y no hay que olvidar que muchos de esos recién llegados son seres humanos como nosotros, cómo no, pero no ciudadanos como nosotros. La visión del mundo de una gran parte de los adeptos al islam tiene la "legislación" religiosa como la fuente inspiradora del derecho, y no la legislación civil. Es ese un conflicto inevitable y radical con los ciudadanos educados en los valores de una sociedad cuya fuente de derecho es distinta. Por otra parte, su visión del mundo, de la familia, del varón, de la mujer es otra (piénsese en este reciente carnaval en unas cuantas ciudades alemanas), e intransigente o violenta en esos aspectos.

De otro lado, se produce un conflicto en la concurrencia a beneficios sociales (en el aprovechamiento de los subsidios y ayudas del Estado). Y ahí advierten los que llevan viviendo toda la vida en un determinado territorio que los recién llegados tienen en muchas ocasiones preferencia sobre ellos en adjudicaciones de casas, comedores o cheques escolares, subsidios familiares, etc. Naturalmente, no pueden sacar otra conclusión entonces que la de que los recién llegados vienen a quitarles algo a lo que ellos tenían derecho.

De modo que, pese a lo terrible del drama humano, debemos tener cuidado en las proporciones de las dosis con que administremos la solidaridad, porque, al tiempo que no podremos solucionar todos los problemas de un país o una región, podemos estar creando una grave epidemia en nuestros territorios.

La política no consiste en agitar en el aire banderas ni principios, sino cumplir con nuestros principios en la medida que sean compatibles con la realidad o, dicho de otra forma, en la medida en que el arreglo de un daño no provoque otro. Lo demás es demagogia, ignorancia o ceguera metafísica de discurso.

El otro aviso que nos llega desde el exterior es la que parece carrera imparable de Donald Trump como independiente, al margen de lo que desearía su partido. Cuando aquí vamos desalados tras la moda de los candidatos independientes y contra los partidos políticos, tal vez ese ejemplo nos debería hacer meditar un poco, más allá de contentarnos con señalar lo "diabólico" que es Trump y lo exóticos que son los estadounidenses.

Entre otras cosas porque todo lo de allí llega aquí, desde los vaqueros a la coca-cola. Si no es que vamos encantados a buscarlo y gustarlo a la otra orilla del Atlántico. De momento, ya han llegado, imparables, las limitaciones de mandatos a ocho años y la selección en primarias. ¡Ah!, y a Trump lo votan también en gran medida quienes se creen perjudicados por una emigración masiva.

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