01 de abril de 2016
01.04.2016

La milagrosa " canilla" de San Vicente Ferrer

01.04.2016 | 04:15

Los valencianos bien conocen la gran devoción que San Juan de Ribera (1532-1611) tenía a nuestro fraile dominico, patrón de la ciudad y Reino, San Vicente Ferrer (1350-1419). Pues así lo evidencia la hermosa capilla que le erigió en su Iglesia del Corpus Christi, en la calle de la Nave, toda ella decorada con pintura mural de B. Matarana y un hermoso lienzo de Ribalta en el retablo, alusivos al santo; como también la espectacular que cubre toda la pared lateral derecha del crucero. Menos, sin embargo, que tenía dispuesto ser amortajado con el hábito religioso a su muerte y sepultado en el convento dominico de Valencia, una de cuyas celdas había ocupado San Vicente Ferrer. Pero cambió esta determinación al edificar su Capilla de Corpus Christi, para que sus restos yacieran en ella. No obstante, hasta su muerte llevó ceñido a la cintura el cíngulo del hábito dominico que había portado su entrañable amigo, también dominico valenciano San Luis Bertrán (1526-81), a quien cuidó en su enfermedad y asistió en su muerte.

Pero sabiendo que Valencia carecía de reliquia importante de su santo patrón, yacente en la catedral de Vannes, pese a las varias solicitudes cursadas a los reyes de Francia, puso su empeño en conseguirla para su Iglesia. Y la obtuvo a través de su amigo el francés cardenal Pedro de Gondi, cuyo hermano, Jerónimo, era caballero de honor de la reina de Francia, María de Médicis (1573-1642), esposa de Enrique IV. Ella autorizó la entrega. Y abierta la sepultura en presencia de tres servidores enviados por el arzobispo Ribera a recogerla, se extrajo «la canilla segunda de la pierna entera y un pedazo de mortaja» que, con la firma de auténtica, se entregó a estos emisarios en un arcón. Hoy esta reliquia se expone a la veneración de los valencianos dentro de su relicario de plata, sobre el altar de su capilla, en cuyos muros se reproduce la escena de la multitudinaria recepción que le tributó Valencia en la Puerta de Serranos. Y constituye uno de los llamados «lugares vicentinos» digno de visitarse, como es ya tradición, junto con su casa natalicia, pila bautismal y celda que habitó en su convento.

Pero lo que el Patriarca arzobispo intuía se produjo. Y es, que a la llegada a tierra valenciana de la reliquia algún milagro sucediese. Y notorios fueron cuatro, según documento que guarda el Archivo del Patriarca: el primero acaeció en la población de Puçol, en cuyo convento capuchino de la Vall de Jesús quedó depositada la reliquia para ser recogida por el Patriarca llegado de Valencia. Jayme Ivañez, gravemente herido de una estocada en el pecho, besó un rosario que había tocado la canilla a este fin y al instante mejoró; pudiendo levantarse de la cama a los 4 días completamente curado.

En el segundo Jayme Gedro, recogido en el mismo convento para morir, «con una pierna podrida»; llevado hasta la reliquia «la besó y recobró la salud».

En el tercero Juana Sanchis, de Almenara, en cama sin esperanza de vivir, «besó un papel en el que había estado envuelta la Canilla, se sintió mejor y a los pocos días buena».

Y en el cuarto, Bautista Castelló, habitante en la calle Murviedro (hoy Sagunto) de Valencia, en cama a causa de una herida mortal recibida en su espalda, informado que la canilla pasaba por su calle camino de la catedral, a su paso pidió de rodillas la curación a San Vicente «y quedó completamente bueno».

Y el arzobispo Ribera, para perpetua memoria de la entusiasta acogida de Valencia a la reliquia de su patrón, tomó los siguientes acuerdos: Que al Caballero Jerónimo Gondy, en agradecimiento a su gestión, cada 29 de marzo se le hiciese aniversario por su alma en la Capilla de Corpus Christi. Que a la muerte de uno de los criados enviados a Vannes se le sepultase junto a la capilla del santo, y ahí yace. Que la festividad de San Vicente Ferrer fuese doble: además del día correspondiente, también el 26 de octubre de cada año que fue el día en que llegó la «Canilla» a Valencia en 1601. Y solicitar para ella, de Roma, el rito de 1ª clase y a su altar el título de «Privilegiado» para la concesión de indulgencias.

Lo que también consiguió a través del Duque de Lerma quien le remitió el esperado Breve, con la siguiente nota escrita de su mano: «Crea V. E. que es el Breve Pontificio más amplio que Su Santidad haya dado». Y aún el Patriarca dedicó tiempo a componerle personalmente unos «gozos» a la reliquia, entre los que cuentan los siguientes versos: «Hinque el hombre la rodilla/ a hueso tan excelente/ que en la Val de Jesucristo/ sanó a un herido y un cojo/ pues él sana con su canilla,/ una nueva maravilla».

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