16 de abril de 2016
16.04.2016

La política como vía de regeneración

16.04.2016 | 00:14

Hasta ahora creíamos que la política era un campo de tentaciones que a una parte de sus oficiantes los conducía hacia el mal camino. Pero el ministro Soria es el exponente del caso contrario: la política como vía de sanación de las malas conductas. Uno de sus ´convincentes´ pretextos tras la difusión pública del hecho de que hace años fue titular de una cuenta opaca en el paraíso fiscal de Panamá es que eso ocurrió antes de que accediera a la política. No hay culpa, por tanto. El señor Soria era un tipo que se adentraba en las conductas de evasión presupuestaria, en la truculencia de la ingeniería financiera, en el morbo de la evasión impositiva con recursos legales, pero un buen día fue llamado mediante alguna luz celestial a la entrega a la cosa pública, se sintió imantado por el pin de la gaviota popular, y en ese instante se desprendió de su cuenta rara y la pasó a su hermano. Ya liberado de su adicción, se dedicó a procurar el bien común. La política cura.

Un santo, el ministro Soria. No así Mario Conde, un personaje al que el PP tenía guardado en el armario para espolvorearlo en la ocasión propicia. Resulta que la familia Pujol, empeñada en llevarse al extranjero cualquier céntimo de euro que consiguiera afanar, está en la calle, pero al único bandolero que se le ocurre reingresar su botín a España, van y lo detienen. Y Montoro le enseña los dientes. Qué oportuno ¿no? El Gobierno acaba de enterarse de que las propiedades de Conde, con las que tenía que haber hecho frente a su chorizada en Banesto, están en manos de testaferros y de que su alegada insolvencia era falsa. Vaya por Dios.

Conde se ha venido refugiando, desde que fue pillado en falta, en la teoría de la conspiración, cosa que no ha colado porque, frente a las artimañas del ´sistema´ que se ocupaba en denunciar, lo que aparecía como más obvio es que se dedicó a saquear Banesto, y frente a tal hecho el ´sistema´ disponía de coartada para empurarlo, por mucho que coincidiera el deseo con el deber. Pero en las actuales circunstancias, al cabo de las mil, va a resultar que Conde tenía algo de razón, al menos para esta coyuntura. Nada más fácil, en pleno volcán de los papeles de Panamá que ir a detener a un tipo política y socialmente amortizado, y dar pruebas de que el Gobierno persigue a los delincuentes de cuello blanco. Bien hecho, pero ¿por qué no a todos? Los Pujol la gozan en sus masías; Rato entra y sale del ministerio del Interior como Rodrigo por su casa; Blesa se cargó al juez que lo enchironó y, desde entonces, nadie se atreve a devolverlo a su lugar natural, y sobre Bárcenas («sé fuerte, mañana te llamo») nadie en el PP ha explicado cómo pudo acumular tamaña fortuna en Suiza si no era mediante las comisiones por contratas que alguien, desde las Administraciones, debía facilitar. Por no hablar de los gestores de las cajas de ahorros, que si alguna incomodidad sufren es por las denuncias de afectados, partidos como UPyD o jueces esforzados. Hay estafadores y evasores de primera y de segunda. Conde, que es de los que lo hicieron a lo grande, ha acabado siendo el pretexto para montar la figuración de que el Gobierno persigue a los defraudadores. En efecto: el Estado es implacable con todos, especialmente con los que reunen elementos simbólicos que pueden entretener a la población, menos con los amigos del Gobierno, de quienes ya se ocupa éste, cuando puede, de consolarlos o aforarlos.
Soria iba por el camino extraviado del recurso a las exenciones fáciles, pero cuando encontró la oportunidad de incorporarse a la vida política cedió su cuenta opaca a alguien de su entorno, precisamente para evitar que en el transcurso de su ejecutoria política se le pudiera afear esa voluntad. Prueba, insisto, de que la política, a veces, regenera, frente a la creencia contraria.

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