22 de abril de 2016
22.04.2016

Hablar

22.04.2016 | 04:15

Los biógrafos de Sorolla dan cuenta de la influencia que tuvo en la obra del pintor el conocimiento de la escuela escandinava: empezó a pintar al aire libre la clase de lienzos que son la portentosa celebración de la luz que le han dado celebridad universal. De pocas miradas y paletas se podía aprender a matizar las sombras como de aquellos ojos acostumbrados a la gama infinita de los blancos en los inviernos nórdicos. Blanco, en Escandinavia se dice „y se pinta„ de muchas maneras, como camello se dice y se ve de muchas maneras en el norte de África, o como la tauromaquia nos enseña a diferenciar a los toros entre nosotros.

No conocer más que unas pocas palabras para distinguir entre blancos significa que vemos menos blancos que quienes afilan lo que ven con las palabras que les señalan las diferencias. Aristóteles decía que los hombres amamos tanto la vista porque es entre todos los sentidos el que nos deja apreciar más diferencias; pero lo que vemos está directamente relacionado con lo que somos capaces de decir. Él lo sabía de sobra; por algo definió al hombre como el «animal que tiene palabra».

Hay, pues, una invidencia general cuya causa es no saber hablar o saber muy pobre y escasamente. McLuhan decía con razón que «la dilatación tecnológica del ojo o del oído ofrece al hombre un sorprendente mundo nuevo». Pero antes y más decisivamente, el ojo del hombre ve lo que ve gracias a una dilatación lingüística: las palabras les sacan los colores a la realidad. Quien tiene palabras tiene luces porque cada palabra ilumina lo que dice sacándolo a la luz. Para el animal que tiene el don de la palabra, el mundo entero se puebla de diferencias inapreciables „indiferentes„ para los demás animales a los que la realidad no les da qué hablar.

Así que a los hombres nos ocurre que estrenamos la propia vida tan ciegos como quienes apenas saben decir blanco en Escandinavia, o toro en una plaza: incapaces de notar las diferencias. Y esa incapacidad de apreciar las diferencias, ya sea sensitiva, intelectual o moralmente, la vamos superando en la medida que aprendemos a hablar y en la medida que aprendamos más o menos, mejor o peor.

No se trata, por tanto, de ser o no un pico de oro, o de ser de ciencias o de letras, sino de que vemos tantos rojos como seamos capaces de nombrar, de que adoramos tantos rasgos de quien amamos como seamos capaces de decir, de que pensamos tanto el mundo y la vida como seamos capaces de decirla. Vivimos en nuestras palabras y éstas nos ensanchan o estrechan la vida tanto que constituyen sin parangón posible la primera y más decisiva forma de riqueza y pobreza.

Es reveladora de la escasez ideológica en la que nos movemos, que nuestros paladines de la igualdad no mencionen siquiera que las humanidades son sobre cualquier otro recurso el que más amplia o estrangula las posibilidades vitales de los ciudadanos. La genuina educación para la ciudadanía es la que evita que alguien no tenga nada que decir, que sea „como lo dirían en griego clásico„ un idiota. Sin nada que decir no se puede pedir ni tomar la palabra en la reunión y uno queda al dictado de lo que otros dicen, de los dictadores del sentido común.

Sabemos lo que sabemos decir y lo sabemos tan bien como seamos capaces de decirlo. No es verdad que primero se tenga el saber y luego se busque cómo expresarlo: tenerlo en la punta de la lengua es no tenerlo en realidad. Lo que se sabe pero no se sabe decir se sabe mal y torpemente si es que se sabe en realidad. Aprender a hablar es aprender a pensar, a mirar, a oír, a oler, a tocar, a recordar, a imaginar. En realidad, la entera vida que vivimos depende de cómo seamos capaces de decirla: aprender a hablar es aprender a vivir. Esa es la impagable utilidad de todas las cosas inútiles que hacemos con palabras: poesía, filosofía, literatura.

Menospreciar o no cultivar esa capacidad primordial es tanto como dejar baldío lo humano del hombre: la inteligencia, la afectividad, los sentidos. Los animales probablemente sientan la tristeza, pero no encuentran qué decir de ella y se les vuelve monocromática. En cambio, el hombre conoce mil tristezas, además de quebrantos, penas, ahogos, pesares, agonías, pesadumbres, angustias, congojas, lamentos y abatimientos; tantos que hasta puede llegar a envidiar a la piedra o al árbol: apenas sensitivos.

Que hablar proceda del latín fabulari no significa que las palabras nos separen de la realidad, sino que la expanden en matices incontables y que para llamar a cada cosa por su nombre hace falta tanta imaginación como para fabular. Hace falta la insuperable imaginación que requiere la exactitud. Hacer justicia a la realidad implica acertar a poner de manifiesto sus relevancias significativas dándoles voz, esto es, diciéndolas.
Nada en el universo tiene nombre hasta que el hombre se lo da. Nuestra insignificancia entre las magnitudes del cosmos encierra no obstante un secreto: le ponemos nombre a lo que hay porque lo indagamos para decirlo. Con mayor o menor fortuna, nuestra portavocía rompe el silencio en los espacios y tiempos inmensos del universo.

Es verdad, no obstante, que el lenguaje no agota la realidad, tampoco la humana de la que decimos con razón que hay un trecho del dicho al hecho. Pero por algo decimos también de aquel cuyos dichos se pueden dar por hechos que tiene palabra. Y es que en su sentido más cabal y no solo como distinción de los animales, lo humano del hombre es tener palabra.
Solo desde ahí cabe asomarse al abismo que implica en la vida humana toparse con lo inefable: con el dolor, la dicha, la belleza o el espanto que nos dejan sin palabras, y nos arrastran en un llanto bendito o desgraciado ante lo que es „por decirlo sin decirlo„ indecible. Ni ojo vio ni oído oyó porque faltan las palabras.

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