06 de mayo de 2016
06.05.2016

Divorcio y adulterio

06.05.2016 | 04:15

Desde tiempos antiguos se consideraba que la institución matrimonial  no dependía de la voluntad de los contrayentes, quienes, al casarse, aceptaban que lo hacían hasta la muerte. A partir del famoso año 1968, las cosas cambiaron en el mundo occidental y, sobre todo por influencia del feminismo, las uniones empezaron a resquebrajarse y la voluntad individual a fortalecerse.

En la España de Franco el divorcio estaba prohibido y tuvo que llegar la democracia para que las parejas pudieran divorciarse y contraer nuevo matrimonio. Algunos psicólogos sostienen que mejor que divorciarse es practicar el adulterio cuando lo que está en cuestión no es la unidad de la pareja, sino la sexualidad. Muchos hombres enamorados de su mujer no se excitan sexualmente con ella y acuden al adulterio o a la aventura o a las prostitutas. Las mujeres tienden a divorciarse cuando comprueban la infidelidad del marido, lo ven sobre todo como una ruptura de la unión sentimental, aunque el adulterio femenino también existe y va aumentando con la creciente presencia de las mujeres en el mundo profesional y las oportunidades que ofrece.

El matrimonio, con el paso del tiempo, se consolida como cariño, compañía y hasta costumbre. Solo si uno se enamora de otra persona sobreviene el conflicto. Según Hanna Arendt, la irracionalidad de vivir permanentemente con otro se compensa por el remedio a la soledad que ello conlleva.

Eso es particularmente importante en las ciudades porque la vida urbana, a diferencia de la rural, tiene pocos lazos personales, muchos hay que buscarlos mientras que en el mundo rural lo natural es la compañía. De hecho, mucha gente urbana se apunta a asociaciones, clubes, etcétera, como medio de evitar la soledad; y el emparejamiento es una forma de ello. Al final, los cambios de costumbres tienen una explicación histórica y geográfica. No es lo mismo vivir en Asia que en el norte de Europa. Precisamente, en ese norte han nacido las uniones temporales hetero u homosexuales, los lazos afectivos y sexuales sin formalidades ni hogar común.

Recientemente se ha destacado la importancia de la amistad íntima como alternativa a la pareja, especialmente entre mujeres y empieza a producirse un fenómeno nuevo: que mujeres mayores vivan juntas en una especie de república de libertades, donde la compañía es la regla aunque la permisividad es máxima.

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