06 de mayo de 2016
06.05.2016

Votantes

06.05.2016 | 04:15

Que voten a los dieciséis, pero que no salgan del colegio; que sean pasto político, pero que no busquen empleo; que se dejen morder, pero que no muerdan. Amodorrados por la tecnología, los jóvenes no advierten que los ponen a engordar en los colegios, que les alargan la escolaridad monótona de lo mismo todos los años para que la ignorancia se les vuelva manteca de asentimiento y solomillo de adhesión incondicional. En el país de la Secundaria eterna se busca el sufragio precoz de la empanada endocrina. Se amaga, incluso, con dilatar la galera del pupitre hasta los dieciocho, de manera que sean ciudadanos a medio fermentar que no elijan siendo electores ni estudien siendo estudiantes; que sólo accedan a la dimensión activa de la sociedad como filetes tiernos, macerados en rebeldía instintiva y sin pizca de colesterol analítico.
El parlamentarismo español tiene la muleta hecha jirones, y busca ganado cándido para lucirse. Los adolescentes, que rumiaban apaciblemente las bellotas del sujeto y el predicado, del verbo y sus complementos, del polinomio y la circunferencia, de la recta, el ángulo, la geografía y el decúbito narcótico, han de salir al ruedo a embestir sin preguntar, a embestir al bulto y al movimiento, a paliar el hambre de los políticos dejándose arrancar una o dos chuletas, paro luego volver al prado a seguir herbajando, a continuar el recebo de conceptos archisobados, a transformar el insípido forraje de la materia reglada, pautada y planificada en tocino de sumisión, a cubrirse la osamenta con carne de política.
Los próceres efímeros de la XI Legislatura se han despachado a gusto, soltando la calaverada sin esconder la mano: que voten a los dieciséis, a bisoñez descubierta, con el cerebro chorreando wasaps, el discurso empapado en tuits y la sindéresis en infusión de instagram; que voten como viven, esperando el fin de la jornada lectiva y el inicio del asueto electrónico; que voten desde su cotidiano chapuzón audiovisual, desde su zambullida en el marasmo solitario de los píxeles, los megas y las contraseñas; que voten con la edad en pausa y el criterio seco; que voten como si votaran, igual que hablan como si hablaran y se ven como si se vieran.

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