08 de mayo de 2016
08.05.2016

En busca de Blasco Ibáñez

08.05.2016 | 04:15
En busca de Blasco Ibáñez

Hay varios candidatos a comisario del año Vicente Blasco Ibáñez (1867-1923), con motivo del siglo y medio transcurrido desde su nacimiento. Las crónicas señalan que van al unísono la Generalitat de Ximo Puig, la diputación de Jorge Rodríguez y el ayuntamiento de Joan Ribó. No hay fisuras. Pero de ahí a ensamblar las figuras de Marcelino Menéndez Pelayo y Vicente Blasco Ibáñez en el marco de la Albufera, con all i pebre incluido, parece excesiva pirueta. Los comisarios tienen la palabra, aunque sea con la telaraña de Teodoro Llorente Olivares (1836-1911), vate laureado de la Renaixença, extinto en 1911. Por más que se sienta la necesidad de provocar una efeméride con repercusión española e internacional, la figura de Blasco Ibáñez, con su potencia, apenas resuena. Su personalidad desbordante fue más en superficie que en profundidad. Si se hubiera mantenido en la línea de sus relatos y novelas de tema valenciano, hoy dispondríamos de un manual de costumbrismo tradicional escrito por un agitador republicano.

Llorente y Blasco no se llevaban bien. Militaban en partidos contrapuestos, aunque con el tiempo suavizaron las desavenencias. En 1890, con veintitrés años, quien sería fundador del diario El Pueblo marchó a París. Vicente Blasco en el primer capítulo de la novela Mare Nostrum, describe un personaje, el poeta Carmelo Labarta, cuyos rasgos coinciden con el perfil de Llorente. Es el retrato, entre jocoso y sarcástico, de un espécimen de la sociedad valenciana rancia y acomodada, a la que Vicente Blasco, ya cosmopolita, describe como «una cofradía de vates populares ingenuos». Su referente, Carmelo Labarta, que «transcurridos doscientos años no había llegado a perdonar a Felipe V, déspota francés que reemplazó a los déspotas austríacos. Había suprimido los Fueros de Valencia. ¡Borbón, maldito seas!».

¿Qué le pasaba a Blasco, para superar su enfrentamiento con Llorente? Anticatalán, anticlerical, republicano, librepensador y excéntrico, Vicente Blasco representaba una estética a lo Emile Zola, abierta al mundo, en contraposición al conservadurismo barraquil de Llorente. Aun así, Blasco respetaba al venerable Llorente. Entre ellos había una generación por medio y lógicas discrepancias. En febrero de 1967 publicó Joan Fuster un artículo en la revista Destino que tituló Provincianismo. Comienza: «Don Vicente tuvo un absurdo rival en Teodoro», que que «militó toda su vida en el partido conservador español: con Cánovas primero y con Silvela después». Para concluir: «Don Teodoro no era capaz de imaginar una solución o un programa, políticos, que no emanasen de la Puerta del Sol». Como ahora ocurre con Génova o Ferraz, a cuenta del centralismo realimentado del siglo XXI.

En lo que va de la extenuación poselectoral al frenesí de la campaña para los comicios del próximo 26 de junio, los valencianos merecen descanso. Los líderes descienden por el terraplén de su descomposición. Ya se fue Artur Mas, engullido por el torbellino de los Pujol y el rebufo de una Catalunya soberana e independiente. Detrás van Mariano Rajoy, corroído por la corrupción y Pedro Sánchez, arrasado por los tanques andaluces de Susana Díaz. En el País Valenciano tenemos nuestro calvario en la lucha encarnizada y desigual contra la administración central del Estado. Se clama por una financiación justa y consecuente con las competencias traspasadas a la Generalitat. Puig, asistido por Mónica Oltra, ha recogido el testigo envenenado que le pasó el expresident Alberto Fabra y su monaguillo Juan Carlos Moragues.

La Comunitat Valenciana anda deprimida. Primero, la economía no funciona y las entidades económico-empresariales no sirven para vislumbrar otro horizonte estimulante. Segundo, los que mandan no llevan a cabo las reformas necesarias. Tercero, el conflicto Estado central-autonomías periféricas no lo quieren solucionar ni Rajoy ni los gerifaltes españoles, con la excusa de no romper España. Cuarto, en el plano internacional somos el hazmerreír de la Unión Europea, absortos en un dilema sin retorno, entre una España sin Catalunya y un Estado español en contradicción con el Estado constitucional de las autonomías: el Estado sin autonomías es nada y las autonomías sin Estado dejan de ser parte del todo. Van al limbo.

Repescar la figura de Blasco Ibáñez no soluciona el problema. Don Vicente pasaba de estos temas. Se marchó y murió en su finca Fontana Rosa en Menton, en los Alpes Marítimos franceses. Los animadores de su recuperación, que no es preciso que sean comandos del PP como en la Ruta de la Seda, tendrán que aguzar el ingenio para dejarlo en su sitio. Ni semidiós, ni diablo.

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