18 de mayo de 2016
18.05.2016

Las excusas

18.05.2016 | 04:15

Lo bochornoso, lo esperpéntico, lo abracadabrante de que, según la última encuesta, el cuarenta por ciento de los españoles no haya leído un solo libro en el último año no es el hecho, sino las excusas. Ninguno de los interpelados ha respondido, lisa y llanamente, que no le gusta leer, sino que han compuesto entre todos el más variopinto y estrambótico museo de las excusas, aduciendo unos que leen por obligación a causa de ser universitarios, otros afirmando sin ruborizarse que no han tenido nunca inclinación por ese hobby, o asegurando convencidísimos que no van a desperdiciar en lecturas el poco tiempo que tienen para disfrutar.

Nuestro bajo índice de lectura es vergonzoso, pero nuestras excusas resultan degradantes por elocuentes. Las excusas nos retratan. En las excusas va nuestro analfabetismo secular, nuestra contumacia iletrada, nuestra palurdez invicta. Enarbolamos excusas como puños contra evidencias deshonrosas; apedreamos nuestros oprobios con boñigas argumentales y ergotismos marranos; y actuamos así porque nos atenaza un miedo atávico al trabajo, el mismo pánico ancestral a ganarnos el pan doblando la espalda que nos hizo dejar los campos en barbecho permanente allá por el siglo XVI. De modo que no es el poco leer, sino el nefando excusar; no es el catetismo flagrante, sino la desidia latente.
Larra se preguntaba si aquí no había lectores porque faltaban escritores, o no había escritores porque faltaban lectores. Larra se devanaba el seso inútilmente porque no era ni es cuestión de falta, sino de sobra: sobra de holgazanería, negligencia y desinterés. E imprecisión: de un tiempo a esta parte se ha pretendido promocionar la lectura presentándola como algo placentero, cuando lo único placentero que hay en el enervante y esforzado ejercicio de leer es la satisfacción de haber acabado un trabajo, de haber vencido una dificultad. La lectura no es un deleite sino una tarea neuronal, una brega del intelecto cuyo premio está en la edificación personal, en el aumento de la capacidad comprensiva y expresiva, en la fruición de saber. Un premio que, a juzgar por las excusas que nos delatan y nos traicionan, despreciamos. No hay excusa para semejantes excusas.

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