25 de mayo de 2016
25.05.2016

De la teoría a la práctica

25.05.2016 | 04:15

Una de las contradicciones asentadas en nuestro funcionamiento social es la dicotomía entre las acciones y las ideas que las sustentan. Desde jóvenes comenzamos a percibir como nuestros maestros predican unos principios que, desde la cercanía, vemos que en su conducta real no siguen y cuando les preguntamos, entre la inocencia y candidez juvenil o la crítica madura, qué es lo que está pasando, responden sin bochorno, que en la vida real una cosa es la teoría y otra la práctica; ¡así son y deben ser las conductas! Lamentablemente, también lo vemos en actuaciones profesionales.

La mayoría de los ciudadanos asimila estas enseñanzas y acepta esta incongruencia, que traslada a su valoración del entorno social, implementando dos formas ciegas de juzgar: la condenatoria para los adversarios y la tolerante para sí mismos, socios y amigos. Unos pocos siguen viviendo perplejos, mientras ven que estas conductas tienen una dimensión global y las ejercen desde personas de menor formación y cultura a autoridades económicas, académicas, civiles, eclesiásticas y políticas „el poder„ con consecuencias mucho más graves.
Esta sinrazón tiene especial relevancia en los turbulentos tiempos que vivimos, cuando las contradicciones convierten en arenas movedizas las opciones electorales, cuando los contenidos de los programas, y los comportamientos que se definen, contrastan con las acciones y declaraciones más espontáneas. Todo el arco iris político hace sus aportaciones.

Están los que dicen ostentar la exclusividad del progreso, del bienestar, de la justicia, de la paz social, del empleo, los depositarios del voto útil, pero su aval es una extensa cadena de corrupción estructural, con sospecha de que existe mucha más oculta. Les domina una necesidad angustiosa de no abandonar el poder, de mantener el dominio institucional sobre unos hechos que les podrían destruir. No dejan de repetir que ellos han ganado las elecciones, tienen más votos, reclamando con la mochila de su corrupción, el derecho a gobernar. En este entorno sus votos apuntan a un origen en la ignorancia, el miedo o la complicidad.

Otros nombran sus increíbles gobiernos en la sombra, para reforzar su yo, sometido a la tutela de los poderes fácticos de su partido, incluyendo personajes de escasa formación y consistencia ideológica, fieles floreros, junto a desorientados, rescatados del pasado, ilusionados con resucitar en la etapa tardía de su vida. Los asamblearios, por su parte, casi organizados a la vieja usanza „¿por exigencia del guion?„ imponen, con fuerza dictatorial, su autoridad en las listas electorales, cada vez más ligadas a la imagen que al compromiso ideológico que les dio origen.

También tenemos joseantonianos, para los que España es «una unidad de destino en lo universal», «una, grande y libre», contrarios a respetar la heterogeneidad sociocultural, con una inercia que hace sospechar que, si pudieran, eliminarían también la política. No reconocen la pobreza de la uniformidad, la riqueza de la diversidad, que, con una legislación adecuada, respetuosa, sin pisotear lo autóctono, consigue todas las ventajas de la mejor convivencia.

¿Se va a conseguir así un buen gobierno? No dejemos de escuchar el 15M

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