01 de junio de 2016
01.06.2016

¿A quién sorprende Cañizares?

01.06.2016 | 04:15

Mal, muy mal debían encontrarse las familias católicas valencianas, allá por mayo de 2006, para invitar al conocido Antonio Cañizares a predicar la homilía de la Mare de Deu en su fiesta. Y digo muy mal porque en lugar de hablar de los inocentes y desamparados que dan nombre a la patrona de Valencia se empeñó el orador en una llamada de socorro a favor de la familia que se iba a pique.

Nada que objetar: la Iglesia tiene tanto derecho a defender un solo tipo de familia como los demás a pensar que ni el único tipo es el suyo ni ha sido así siempre. La propia familia de san Pedro era bien distinta, lo mismo que las de los antepasados de Cañizares y los nuestros no hace tantos siglos. Por no hablar de la familia de Nazaret, especialmente singular por la forma de producirse la gestación de Jesús y por su carácter de familia judía. El matrimonio no sólo no ha sido lo mismo desde el de José con María, sino que las familias están lejos de tener que ver con la de Nazaret, tan sagrada. Ahora bien, el activista Cañizares dale que te dale con que lo de estos maricones no puede ser lo mismo que lo de sus fieles con la santa esposa. No importa que lo del católico con su pareja pueda llegar a ser un degradado contrato de conveniencias. Viene de viejo. Pero si bien es verdad que la primera acepción de matrimonio define una unión de hombre y mujer, la quinta, por ejemplo, da por matrimonio a un «plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas», lo cual no sé si constituye una ofensa de la RAE al sacramento del matrimonio.

En cualquier caso, el audaz provocador, Antonio Cañizares, siguió en las mismas después de 2006 y fue más allá en su bronca: llamó a los fieles a la desobediencia civil como cualquier extremista. Y que abogara como abogó por el incumplimiento de la ley en tiempos del gobierno de Rodríguez Zapatero, sólo en función de lo justa o injusta que pudiera parecerle la del matrimonio entre homosexuales, instando así a la insumisión, era situarse fuera de la legalidad. Eso, como todo el mundo sabe, tiene un nombre impropio de quien aspira al decoro: delincuencia. Ahora bien, si que Cañizares hurtara a la Virgen de los Desamparados su exaltación en 2006 y pidiera protección a la familia no extrañó a nadie, me sorprende ahora que la sociedad civil valenciana no sepa cómo se las gasta este vecino suyo tan politizado, al que no cabe situar junto a la derecha democrática porque excede con mucho ese territorio hacia su lado más extremo. Y hablando de su politización, Cañizares aseguraba hace tiempo, entre otras cosas, que sin contar con Dios no se podía garantizar la unidad de España, que es lo que le llevó a incluir en las misas de Toledo, antes de irse a Roma, una oración fija por la nación única. Nada nuevo. Porque hubo un tiempo en España en que se rezaba por la nación y por Franco en todas las misas sin excepción y a ese tiempo se regresaba con Cañizares. Las misas de Toledo acabarían con un ite misae en latín al que podría haber seguido un ardoroso «Arriba España» de los fieles con el brazo en alto. Lo más curioso, sin embargo, es que al dar Cañizares la orden del nuevo rezo patriótico se dijera que «a partir de ahora y hasta nueva indicación». ¿Hasta cuándo? ¿Hasta el momento en que la España rota diera por inútil la plegaria por España o la nueva indicación vendría cuando se llegara a un pacto con el gobierno, como se llegó, sobre la enseñanza de la religión o la financiación de la Iglesia bien financiada? Quizá abrigara el temor de que algún mal pensado llegara a imaginar que la Iglesia andaba en tratos de compra y venta con el poder, que es algo en lo que esta institución ejemplar, como todos sabemos por la historia antigua y reciente, jamás ha caído. Las corrupciones derivadas de la visita del papa emérito a Valencia así lo confirman. Sin embargo, al parecer y no sin cinismo, el dinero para él era lo de menos. «La Iglesia ni se vende, ni se compra, ni se supedita a interés económico alguno para dejar de anunciar el Evangelio, porque es pobre y vivirá pobre, pero es independiente y enteramente libre», aclaró Cañizares por si acaso.

Ya entonces pensaba él lo que ahora: que nuestra sociedad está enferma. Y bastaba ver los motivos por los que consideraba enferma a esta sociedad, no sé si la católica universal o sólo la española, para tener en cuenta un diagnóstico que no coincidía ni con los católicos comprometidos con la nueva realidad. A muchos otros les había oído decir yo con argumentos más cristianos que los de Cañizares que esta sociedad estaba enferma porque algunos de sus fieles votaban a los corruptos, porque los políticos que iban a misa desatendían a los desasistidos, por lo que pasaba en Wall Street o porque la gente de las finanzas se lo llevaba calentito a casa. Todo eso tenía que ver con la salud de esta sociedad, y más de la sociedad que cree en Dios y está comprometida con su palabra. Sobre todo si andaba metida en negocios fraudulentos como aquellos en los que los obispos se vieron involucrados: Gescartera, por ejemplo. Pero ni eso, ni la creciente pobreza del mundo, eran los síntomas de la sociedad enferma que denunciaba Cañizares. Yo también, voy a ser sincero, creía que esta sociedad se hallaba enferma y que Cañizares era parte de esa enfermedad. Ahora me encuentro convencido de lo mismo y lo que me extraña es que en Valencia parezca nuevo este Cañizares, tan obsesionado como vetusto.

Un ministro republicano de Agricultura, Manuel Jiménez Fernández, ferviente católico, llegó a decir: «No tengo nada contra los obispos españoles, salvo dos cosas: no creen en Dios y no han hecho el bachillerato». Que un hombre de comunión diaria como él fuera de la misma opinión que otros católicos y no católicos de hoy sorprende menos que la vigencia de su conclusión, pero como la Iglesia jerárquica sigue siendo fiel a sí misma, la cita nos permite explicarnos el modo de actuar de algunos prelados. Y digo algunos, no digo todos. Y no digo todos porque el propio papa Francisco, tan distinto a Cañizares, quiso tener a este más lejos que cerca. Y esa es la razón por la que los católicos valencianos de distintos signos tienen ahora por jefe de su Iglesia a aquel que en el Año de la Misericordia, declarado por Bergoglio, siembra la discordia con su inalterable estilo inmisericorde.
A Cañizares no hay quien lo pare. Ni Dios. Y él debe estar orgulloso de poder desafiar al Altísimo.

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