03 de junio de 2016
03.06.2016

Camino de la oclocracia

03.06.2016 | 04:15

Ya Aristóteles advirtió que la democracia debía ser objeto de exquisitos cuidados para evitar que degenerara en oclocracia, o gobierno de la turba, de la muchedumbre. Lo propio recomendó hacer con la monarquía, para impedir que derivara en tiranía; o con la aristocracia, para frustrar que se degradara en oligarquía. El más nefasto de todos los sistemas políticos, para él, venía dado por la oclocracia, en la que manda una masa manipulada demagógicamente o, en definición de Polibio, "la tiranía de las mayorías incultas y el uso indebido de la fuerza para obligar a los gobernantes a adoptar políticas, decisiones o regulaciones desafortunadas". En palabras posteriores de Rosseau, con ello se sustituye a la voluntad general por otra creada a impulsos de la propaganda y de sus sofisticadas técnicas de manipulación social. O, lo que es lo mismo: con la oclocracia se cambia racionalidad por sinrazón.

La constante apelación "al pueblo", "a la gente", por los modernos oclócratas, pretende lo mismo que en tiempos clásicos: alcanzar el poder a través de acciones populistas que incidan en emociones irracionales, sentimientos, ensoñaciones, miedos, sensaciones, cuestiones estéticas o venganzas que nula relación guardan con los reales intereses de los ciudadanos. El abuso de los medios de comunicación con la artera finalidad de servir como altavoz persistente a esta retórica superficial, sigue siendo la clave para imponer el nuevo régimen, en el que la desinformación reina y se imponen ante todo los astutos cálculos de imagen.

A diferencia de las fórmulas tradicionales, no obstante, en la actualidad los destinatarios de la demagogia barata ya no son las hordas ignorantes, fácilmente manipulables. Lo son sociedades en las que la formación superior está muy extendida y en las que los índices de conocimiento son, oficialmente, razonablemente altos.

La decadencia de la democracia producida en este nuevo escenario, por consiguiente, pone en entredicho la calidad de nuestro sistema educativo, que no ha sabido conjurar el peligro de que cada vez más personas, en especial jóvenes, sucumban al espejismo del populismo. No es comprensible que la oclocracia se produzca hoy precisamente en una población con tantos títulos académicos colgados de la pared, por más que hayan avanzado los métodos de manipulación social en manos de los demagogos. El crecimiento sostenido de estas propuestas electorales a lomos de ilusiones y pasiones, de arrebatos e irracionalidad, con tan pobre atención a las recetas que pueden permitir la solución de los principales dilemas, sorprende en un contexto de tanta preparación intelectual con tanto reflejo estadístico.

Lo peor de esta realidad, sin embargo, no es que la oclocracia llegue en estas inéditas condiciones, aunque ello resulte tan pernicioso y preocupante. Lo es principalmente que, conforme a la teoría del ciclo político atribuida al propio Polibio, a esta grave degeneración de la democracia acostumbra a seguir una súbita vuelta a la monarquía, en la que de inmediato se engendra la tiranía, que es lo que ha venido sucediendo desde el Imperio romano.

Detener esta degradación pasa, pues, por potenciar la voluntad general que soporta a toda democracia, subrayando con insistencia lo que resulta esencial y lo que es intrascendente, lo que debe tomarse con seriedad y lo que no, lo que es una tomadura de pelo y lo que no lo es.
En caso contrario, preparémonos para la cuenta atrás.

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