28 de junio de 2016
28.06.2016

Josefinas

28.06.2016 | 04:15
Josefinas

En realidad, el menos patriota de todos es el que grabó las conversaciones de Fernández Díaz con De Alfonso, puesto que siendo prueba o al menos indicio de algo bastante grave, material escandaloso, canela fina para los medios y los enteros, las guardó bajo la gélida baldosa del cálculo y la premeditación para sacarlas en el momento preciso, estratégico y ornamental. Ni al grabante ni al filtrante les importaron un bledo las consecuencias que pudieran tener las conversaciones; no les importó nada la limpieza institucional ni la nación entera, sino que iban a lo suyo: a descolocar al poder cuando más daño pudiese hacerle; a emporcar la imagen de un partido; a verificar la influencia retorcida en la campaña electoral. Es el signo político de los tiempos, la orteguiana «característica del momento»: asaltar el mando al precio que sea, conseguir el sillón sin mirar pelo, prescindir de melindres y dengues. En primer plano sigue lo establecido, lo convencional, esa epidermis de moralidad que antes lo presidía todo pero ahora sólo parece que lo preside.

Conviene que la probidad siga pareciendo lo principal, que se mantengan las formas, que se disimule a pierna suelta para poder mangonear por detrás con más libertad. Los resortes del escándalo ya no son tales resortes, pero se finge que lo son para tener comodines en la manga y coartadas en el forro. El fingimiento es virtud, aunque sólo sea para quitar de la vista las inmundicias de la tramoya; virtud y caridad para con los engañados, una fineza como la de Josefina, la emperatriz desdentada, que inventó y perfeccionó un maravilloso dominio de los músculos faciales con objeto de sonreír sin mostrar el pelado enciamen. Las josefinas del covachuelismo dicen filtrar la información para limpieza y regeneración de lo público, pero no lo hacen más que para cohonestar trapisondas y zalagardas. Nos muestran una sonrisa tenue, a medio empezar y a medio terminar, entre Pinto y Valdemoro, un si es no es de sonrisa para ocultar los dientes renegridos, los pegotes del escorbuto y la lisura de las encías.

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