05 de julio de 2016
05.07.2016

Aprender a ser minoría

05.07.2016 | 00:24

Los equipos electorales pueden conseguir maravillas, como que Rajoy arrastre votos siendo realmente el que es, sin maquillajes ni ningún tipo de afeites o postizos. O sea, el líder popular en estado puro, capaz de seducir gracias a su seguridad y a la transmisión de un mensaje de veteranía enfrentado al acoso y derribo de Sánchez en su propio partido, y a la bisoñez de los cabezas de lista de Unidos Podemos y de Ciudadanos. Pero todo esto no es suficiente: Rajoy, en caso de conquistar un acuerdo para la gobernabilidad de España, va a tener que ir en sentido contrario a su natural incapacidad para comunicar lo qué piensa y cuál es la razón de su última decisión en un asunto de Estado.
El  presidente, ya sea con nacionalistas, con Ciudadanos o con el PSOE, no va a tener más remedio que abrirse su propio cerebro y habilitar las neuronas de la comunicación. A partir de los resultados del 26J se inicia un período donde se acaba con el enigma de la comparecencia o no en el Parlamento del presidente. Una situación de silencio similar a la del rescate bancario, con Rajoy sumido en un autismo hiperdenso, va ser imposible. El presidente se negó en redondo a dar cuenta a la oposición (y de paso a los españoles) en qué consistía realmente el crédito que iba a recibir España de Bruselas. No tendrá más remedio que elevar su empatía para rebasar el trance en que lo pone su minoría: 147 diputados frente a 213, la cifra más baja de apoyo que ha tenido un gobierno desde 1978.

En la nueva coyuntura quizás sería impensable meter la mano en la hucha de las pensiones y pegarle un buen mordisco para afrontar la paga de julio, y ello sin decir esta boca es mía en el Parlamento. Rajoy, el callado, el insondable, debe virar. En minoría, dada su tendencia a lo conventual, duraría menos que un plato de pata negra en un cóctel. Se lo comerían vivo. Pero también se vería en la misma tesitura si es incapaz de negociar con sus socios. El descenso a la minoría del PP le obliga a negociar hasta las grapas del tapizado, pues corre el riesgo de bloqueo institucional, de conspiración de su socio o socios con la oposición y hasta que le desmonten el edificio legislativo levantado, sobre todo en lo que respecta a la Lomce o a la misma reforma laboral.

El líder del PP, que inicia hoy una ronda de consultas para alcanzar apoyos para su  investidura, ya ha mostrado su rechazo a ir radiando lo que trata con sus interlocutores. Pero también sabe que nadie de los que se van a sentar a su vera le firmarán un cheque en blanco. No le quedará más remedio que hacer lo que nunca ha hecho: explicarse.

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