11 de julio de 2016
11.07.2016

Blablablá

11.07.2016 | 04:15
Blablablá

Mi calle, es un decir, tiene once peluquerías. Contadas, y a pesar de que dos y dos no siempre sean cuatro. Es una calle corta, de tres tramos: en cinco minutos la recorres toda, de punta a punta. Pero hay una cosa que me tiene intrigado, a la espera, aunque no esperanzado: acaban de abrir una nueva peluquería, puerta con puerta con otra que abrió hace unos meses y cuatro puertas más allá de otra que lleva algunos años. Yo soy, digásmolo así, un calvo profundo: hace mil años que no piso una, aunque cuando vi La vida de Adèle hubiese dado un ventrículo por un tinte azulado.

Aún así, y en mi ignorancia empírica, puesto que ni las piso ni las controlo, estoy intrigado por comprobar los efectos de esa nueva competencia sobre unos negocios que apenas funcionan y que no admiten la concentración (cuanta más mierda, más moscas). La nueva peluquería la han abierto unos chinos, quiero decir unos valencianos chinos: abren a la hora en la que cantaban los gallos y cierran, sin interrupciones, a las nueve y media de la noche, domingos y festivos incluidos. Por cinco euros te hacen de todo, y si añades un poco más, también la manicura, la pedicura y un cuenco de arroz tres delicias o masaje capilar, a elegir.

Yo creo que mi calle, es un decir, es una metáfora del mundo, o sea, el mundo y un ejemplar magnífico, que no ejemplo, de eso que llamamos liberalismo o neoliberalismo o capitalismo puro y duro: el individuo soberano puede hacer lo que le da la gana, caiga quien caiga en la jungla del darwinismo económico, sean los particulares o la suma de los particulares, eso que llamamos gente. Si la cosa funciona, los chinos abrirán una franquicia enfrente y el resto de peluquerías cerrarán crisálidas para renacer como bares, clínicas dentales o fruterías, que a su vez, en el ciclo de las leyes de la dialéctica sobre la cantidad y la calidad y las crisis saneadoras y amputadoras del mercado, cerrarán para renacer como sedes vecinales de UpyD o C´s.

Una planificación sensata, limitadora de las libertades suicidas, mostraría que la calle no da más que para tres peluquerías, que ya están: una para los modernos enrollados de cualquier edad y sexo o género (gracias don Antonio), al final, esquina Peris y Valero; otra al principio, para las señoras, que todavía quedamos, para la cosa del lavar, tintar, sanear puntas y peinar; y por último pero en medio, una academia con precios del Imserso y para todos los públicos. Y conste que mientras les digo esto, mi ventrílocuo, ese fantasma en la máquina cartesiana, me dice que lo que digo de las peluquerías y el estajanovismo asiático, se cumple en el mercado político a favor de la concentración parcelaria de la izquierda, o en el mercado inmobiliario, o en el de los conciertos de verano, o en el de la enseñanza de la medicina.. «¡Para!». Paro.

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