12 de julio de 2016
12.07.2016

Sin verdad no hay política

12.07.2016 | 04:15
Sin verdad no hay política

E rrejón tiene razón en su informe ante el Consejo Ciudadano. El trabajo parlamentario de Podemos, representado por su líder supremo Iglesias, no fue el mejor. Muchos de los votantes de Podemos querían ver en el Congreso un grupo capaz de ofrecer alternativas a los problemas españoles, y no una retórica que apenas encubría la desnuda hostilidad, casi gratuita, hacia el PSOE, que dejaba una política de tierra quemada a su alrededor. Claro que se subestimó el peso de lo institucional, como con acierto afirma Errejón. El examen de la institucionalidad parlamentaria desanimó a muchos votantes, porque resultaba evidente que, bajo las maneras desplegadas, los problemas serios no podían ser abordados con garantías. Bescansa también tiene razón en su informe al apreciar, como decía en esta columna el pasado martes, que muchos votantes quedaron defraudados al ver que un acuerdo con el PSOE se hacía inviable desde el primer instante.
Que tras esto Iglesias diga que han sido víctimas de su propia lucidez no es una boutade, sino un síntoma de desconcierto. La comparación con la división entre los protestantes y los católicos, una analogía traída por los pelos y poco persuasiva para evitar la fractura interna, no fortalece la impresión de un control intelectual de la situación. ¿Cómo es que Iglesias cree que no es importante el diagnóstico que se haga? ¿Qué otro criterio de racionalidad política existe? ¿Cómo que no fue importante la verdad, por ejemplo, en la Reforma? La gente murió y mató por sus diferencias teóricas, la comunión bajo las dos especies, el libre arbitrio y la reducción de los sacramentos a los de fundación evangélica comprobada. Y sólo por la verdad de este diagnóstico el protestantismo tuvo la fortaleza que tuvo. Sin una fuerza de convicción adecuada, no hay identidad posible, y esta se pone a prueba en los diagnósticos que se es capaz de pronunciar con persuasión. Al desvincular convicción interna de fortaleza, al separar capacidad intelectual de producción de identidad, Iglesias muestra una limitada idea de lo que es el poder, que si no tiene una base espiritual firme y decidida no es nada.

De todo esto queda algo claro. Podemos está en una difícil encrucijada, y ha sido puesto en este punto por los errores cometidos, que son consecuencia de los aciertos increíbles anteriores. Así hemos visto ante nuestros ojos que el problema del fracaso suele ser la intensificación del éxito, algo casi inevitable cuando todo se entrega a la pulsión de repetición. Pero nada de eso se mejora con la indiferencia ante la exigencia de un diagnóstico sincero. Pues la pregunta fundamental de todo análisis franco del presente es por qué se ha desperdiciado una kairós tan favorable. En realidad, el informe de Errejón asume lo evidente: la campaña electoral del 26J se realizó bajo condiciones que ya estaban sentenciadas desde el principio. El kairós se destruyó a los pocos días del 20D, aunque creamos que lo hizo la noche del 26J. Pero Podemos se definió a sí mismo como un partido que brotaba de esa situación concreta. Ahora tiene que convertirse en una organización independiente de la ocasión en la que surgió, si quiere sobrevivir al nuevo tiempo político.

A pesar de todo, en conversaciones con algunos de sus dirigentes en el encuentro de los cursos de El Escorial, aprecio que no se acaba de perder la esperanza en el favor de una nueva oportunidad pasiva. Esa nueva oportunidad sería fruto no tanto de su trabajo político, sino de una expectativa renovada en que lo peor de la crisis está por venir. En la misma línea, los defensores de la posición de Iglesias sospechan que con una campaña más batalladora, más dispuesta a hacer saltar las costuras del PSOE, se habría podido mantener la línea ascendente de éxito continuo, porque se habría intensificado la impresión de crisis, una exigencia fundamental en la formación. Disiento como es natural de esta apreciación. No porque excluya la posibilidad de una crisis renovada. En realidad, no hay que excluirla y los problemas estructurales de Europa y España están sin tocar, con los laberintos inglés y catalán intactos. Sin embargo, la percepción dominante hacía de Podemos un partido de la oportunidad, y la impresión de muchos electores es que esa oportunidad se ha dejado pasar. Ahora esa percepción debe cambiar entre los españoles. Ya no bastará sacar partido de una crisis que producen otros. Podemos ya es un actor más y la crisis fuerte que venga, si viene, también será consecuencia de su acción.

La nueva aspiración a ser un partido capaz de identificar los intereses comunes con seriedad debe ser sustantiva. No dependerá de si esta legislatura dura dos o cuatro años, pues en todo caso echará a andar y Podemos tendrá que medirse en las estructuras parlamentarias. No bastará con tener respuestas parciales a este o a aquel problema. Deberá tener respuestas sistemáticas, pues desde el Parlamento se tendrá que revisar la totalidad de la vida institucional española. Este futuro implicará un cambio de método completo a la hora de tomar decisiones políticas. Sin un trabajo cooperativo, informado, con elaboración de documentos confrontados con visiones alternativas, en frío y con distancias, no se podrá encarar el trabajo de las comisiones parlamentarias. Sin una división de trabajo efectivo que haga visibles líderes sectoriales, no será posible ofrecer la idea de un partido que se hace cargo de la complejidad institucional. Los problemas que tenemos son serios y refinados técnicamente, y Podemos tiene la mejor juventud. Sin ese aprendizaje serio y maduro, el país no le entregará su confianza como opción política solvente.

En todo caso, estos problemas para establecer un diagnóstico no son un accidente. Responden a la contradicción de que un partido focalizado en un líder arrollador e imprescindible ha dado un traspié. Pero Podemos debería asumir su verdad. No puede prescindir de Iglesias, pero no puede permitir que se equivoque. Podemos tiene a Iglesias como cara visible, y es el único que puede mantener la unidad del partido, un valor incuestionable. Pero ya no puede dejarse llevar por su olfato ni por su instinto, y para eso debe dotarse de una institucionalidad interna diferente. Lo que tiene entre manos es demasiado grande y ya no puede manejarlo a salto de mata, sin instancias de consejo adecuadas. Faltó a ese principio al cambiar al secretario de Organización del modo y en el tiempo en que lo hizo. Ganar seguidores es fácil cuando se tiene una presencia en los medios y una capacidad comunicativa innegable. Pero ganar una mayoría de gobierno requiere otras virtudes, entre otras crear un partido complejo que esté en condiciones de identificar los fallos preventivamente y decirte cuándo te equivocas. El líder integrador debe dar libertad a los diferentes y hallar lo común, no imponerlo desde fuera y a todos. La oportunidad de Podemos no vendrá ya dada por una circunstancia externa y pasiva. Tendrá que ser fruto de su trabajo político. Si son grandes, triunfarán. En realidad pueden hacerlo y deben aspirar a ello. No tienen rival y el campo está libre.

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