13 de julio de 2016
13.07.2016

De extremos y extremismos

13.07.2016 | 04:15
De extremos y extremismos

Q ué imágenes le evoca el término extremista? ¿Y extremista radical? ¿Tal vez comportamientos extrademocráticos? ¿Amenazas a las libertades? ¿Quizás elementos cercanos a la violencia? ¿Tratan de sugerir imágenes de ese tipo las insistentes alusiones a supuestos extremismos radicales en el actual momento político español? ¿Acaso con intención de alarmar? De la lectura de los programas electorales de nuestras cuatro formaciones principales para las pasadas elecciones se desprende que todos ellos se ubican entre los extremos que, históricamente, ha acotado el liberalismo reinante en las democracias occidentales: entre conservadurismo y progresismo, entre liberalismo clásico y liberalismo moderado.

La ideología inaugural de la modernidad es el liberalismo. Un análisis preciso del mismo y de las ideologías que a su vez originó requiere tratar por separado dos bloques de libertades: individuales y políticas por una parte, y económicas por otra. Las primeras dieron lugar con el tiempo a la Declaración Universal de Derechos Humanos, y en los años setenta, los partidos comunistas occidentales, desvinculándose de la tutela del partido comunista soviético, y alineados en la corriente eurocomunista, se adhirieron a las libertades individuales y políticas propias de las sociedades democráticas occidentales. Sin duda, las cuatro formaciones se encuadran dentro del liberalismo político (incluido el republicanismo y el pacifismo anti-OTAN de IU, desestimados en el acuerdo de Unidos Podemos)

En cualquier caso, la sensibilidad no es la misma, siendo el PP el más reticente y receloso (conservador) y Unidos Podemos el más tolerante y comprensivo (progresista). Como ejemplo, PP y C´s esquivan la cuestión de la laicidad del Estado „un indicador de liberalismo político„ en sus programas electorales, PSOE afirma que denunciará los acuerdos con el Vaticano „aunque nunca lo hizo mientras gobernó„ y Unidos Podemos promete anularlos. También el derecho a decidir, incluido en el programa de éstos últimos representa „dejando aparte conveniencias, oportunidades e intereses„ una expansión de los derechos políticos colectivos.

¿Y respecto de las libertades económicas? Los fundadores del liberalismo enarbolaron banderas de libertad e igualdad, aunque pronto se olvidaron de la segunda, restringiéndola a «igualdad ante la ley». Las aspiraciones de igualdad material ante los atropellos del capitalismo hicieron emerger el socialismo. Mientras los liberales exaltaban el individualismo, amparaban la propiedad privada de los medios de producción y encumbraban la libertad de mercado, los socialistas veían en todo ello la causa de las desdichas de los trabajadores y aspiraban a instaurar un modo de producción y distribución de los recursos, distinto. Pronto surgieron dos visiones diferentes: los socialistas reformistas (socialdemócratas) dejaron de creer en el colapso del capitalismo previsto por el marxismo, y tratarían de arrancar parcelas de bienestar por la vía democrática parlamentaria, aun pactando con partidos burgueses; desde entonces, y distinguiéndose de los acomodaticios socialdemócratas, quienes mantuvieron la ortodoxia socialista, eligieron el nombre comunista.

El deseo de los socialdemócratas de conquistar cuotas de bienestar en el seno del capitalismo se encontró con la necesidad de los liberales de embridar sus excesos „especialmente tras la crisis del 29„ para que el capitalismo pudiese subsistir. Tras la Segunda Guerra Mundial, las concesiones a las clases trabajadoras, las nacionalizaciones, incluso cierta planificación estatal persuasiva, alcanzaron considerable magnitud en las democracias occidentales. Los términos socialdemocracia y liberalismo de izquierda (moderado) se podían considerar sinónimos. Los partidos comunistas mantenían la convicción de construir el socialismo mediante la movilización de las masas obreras, hasta que en los años setenta el eurocomunismo enfiló una senda posibilista similar a la que habían recorrido los socialdemócratas. A diferencia de éstos, sí tratan de llegar al socialismo, pero en las desarrolladas sociedades capitalistas occidentales, obrando en democracia y libertad. Mientras tanto, reconocen la pujanza del capitalismo „y sus reglas„ y luchan por políticas redistributivas.

Las cuatro formaciones admiten el capitalismo, unos con entusiasmo o normalidad, otros con resignación, y tratando de combatir sus abusos y paliar las desigualdades que genera. Los extremos de los programas económicos de las cuatro formaciones oscilan dentro de los márgenes históricos del liberalismo económico: desde el liberalismo clásico (neoliberalismo), adelgazamiento del Estado, privatizaciones, recortes de bienestar, reformas laborales lacerantes, etcétera, hasta distintos grados de medidas redistributivas y de economía mixta propias del liberalismo moderado (socialdemocracia). Solo IU desarrolla en su programa un nuevo modelo productivo como transición hacia el socialismo, irreconocible en las escasas líneas que le dedica el acuerdo Unidos Podemos.

Curiosamente, entre las cuatro formaciones, los comportamientos extrademocráticos (corrupción, clientelismo, ventajismo institucional) se pueden predicar, principalmente y con diferente extensión, de los partidos tradicionales del bipartidismo, habituales emisores de calificativos alarmistas cuando han sentido amenazada su hegemonía. Se trata de comportamientos opacos, que ocasionalmente emergen, que persisten o se reproducen con preocupante facilidad, y que contribuyen, entre otras causas, a la apariencia de democracia en que vivimos.

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