20 de julio de 2016
20.07.2016

Prospectiva en crisis

20.07.2016 | 04:15
Prospectiva en crisis

Los políticos, los analistas y, sobre todo, las empresas demoscópicas pierden la chaveta buscando una explicación aceptable para el fallo de las últimas encuestas electorales. Dan vueltas al asunto en las norias de los debates televisivos y en los carruseles de los artículos periodísticos; entrechocan los cuernos en un combate que no conduce a ningún sitio; fingen hipótesis y amagan conjeturas. Y todo porque no pretenden llegar a ninguna solución; porque sus controversias y sus elucubraciones no buscan más que marear la perdiz, enredar la madeja y desviar el foco de atención; disimular, en suma, el hecho consumado, la evidencia incuestionable que supondría el fin del negocio para unos y de la comidilla plebiscitaria para otros: que la gente ha empezado a mentir; que al ser preguntado, a pie de calle o a pie de urna, el votante suelta un embuste a quemarropa y se goza por anticipado en el chasco de la encuesta.

Como vivimos el tiempo de la diversión por la diversión, del ocio que los tratadistas del siglo XVII llamaron «escandaloso», del cachondeo recio y del cinismo huracanado, todo se hace mitad por alguna razón y mitad sin saber demasiado bien por qué: votar o viajar, estudiar o trabajar, comprar o comer, seguir las modas o contestar las encuestas. En los motivos de las acciones hay una porción de absurdo y extravagancia, de avoleísmo decadente y de a ver qué pasa por puro morbo, un despropósito que tiende a la humorada y al gamberrismo. Buena parte de las respuestas a los encuestadores ha sido pura gamberrada, burla machacante y pitorreo: desprecio absoluto; y eso resulta inasumible para el sector de la prospectiva. Toca disimular; explicar el caso con trigonometría de garrafón; toca vociferar y poner los pies de la verdad en la polvorosa de la indefinición; toca huir hacia delante, saturar la polémica y aturdir al público para después callar en seco y dejar el tema en un marasmo confortablemente inocuo. Lo que haga falta para esconder que la prospectiva, en esta sociedad apoplética, ya no funciona.

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