23 de julio de 2016
23.07.2016

Entre talibanes y templarios

23.07.2016 | 04:15

Desde aquel ominoso 11 de septiembre en que las Torres Gemelas se desplomaron, heridas de muerte por unos desalmados con pretensiones de mártires, el mundo, y en especial, Estados Unidos, ya no es el mismo. Sabíamos que el siglo XXI iba a ser el siglo del terrorismo. Hasta ahora, desgraciadamente, no nos hemos equivocado: los tristes sucesos de Niza lo confirman. Y no es porque en estos tiempos de videocámaras y redes sociales las imágenes de esos horrores sean divulgadas con más facilidad e inmediatez. Algo de eso hay, sin duda, pero lo que nos aterra es que esos actos de barbarie sean cada vez más frecuentes y cada vez más sangrientos y letales.

No voy a acudir al manido tópico del encarnizado enfrentamiento entre talibanes o imanes viperinos y caballeros del temple (acérrimos defensores de lo que, entre otros, ahora llama, engolando la jeta, el cretino de Gingwrich, «Western Civilization»). No caigamos en burdos maniqueísmos. Ni buenos ni malos. Toda ideología que alimente y fomente odio y violencia es funesta y, por usar un anglicismo, obscena. El mal existe. Ha existido siempre. Hoy se disfraza de Al Qaeda o Estado Islámico, en cuyas filas se cuentan jóvenes dispuestos a autoinmolarse secuestrando un avión y lanzándolo contra un rascacielos, detonando una carga de explosivos escondida en el vientre, o ametrallando a multitudes inocentes. Mientras tanto, los fabricantes de armas se frotan las manos, y quienes con ellas comercian y se enriquecen „señores de la guerra„ se relamen las fauces de mercenaria codicia.

No nos queda otra: defendernos si se nos ataca; pero entre misil y misil, entre dron y dron, intentemos lo que parece imposible, y para muchos inadmisible, el diálogo. Ahora bien, si se niegan a dialogar y se emperran en seguir sembrando el terror en el mundo, que Alá todo misericordioso se apiade de ellos.

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