25 de julio de 2016
25.07.2016

Dejémoslo aquí

25.07.2016 | 04:15
Dejémoslo aquí

El otro día, en YouTube, vi y escuché la intervención de Karlos Bernabé en el consistorio de Orihuela. El otro día también, y en este periódico, leí la intervención de Javier Berasaluce en el pleno de la Diputación de Valencia. Los dos hablaron sobre la lengua valenciana con motivo de la propuesta de la Conselleria de Educación de acabar con la anomalía de su exención académica en algunas comarcas del país. Los dos ejercen en comarcas de predominio lingüístico castellano. No existen entre ambos más semejanzas. En todo lo demás, y en el fondo de esta cuestión, son como el día y la noche, la paz y la guerra, el participio (jodido) y el gerundio (jodiendo).

La intervención de Karlos Bernabé consistió en una defensa razonada, respetuosa, conciliadora, apasionada, del valenciano y de la conveniencia, necesidad y bondad de su conocimiento para todos, con independencia de cual sea la lengua materna o de uso predominante. La intervención de su ocasional y diacrónico antagonista, Javier Berasaluce, exalcalde de Requena y miembro del PP, fue todo lo contrario: el guerracivilismo lingüístico que tan bien conocemos, ese cerrilismo roqueño padre de todas las disputas habidas y por haber, salpicado de tópicos y mentiras. Pedía el susodicho que «por educación» se le dirigieran en castellano, sin cuestionarse que podría ser su falta de educación lo que le impide entender el valenciano. Nada tiene que ver el simple uso de una lengua con la educación o las buenas maneras; pero el desconocimiento de una lengua (oficial en su ámbito geográfico) sí tiene que ver con la falta o carencia de educación, en sentido normativo. Decía el susodicho que hablaba «en representación» de los habitantes de las comarcas castellanohablantes, afirmación manifiestamente falsa: se atribuye una representación y un mandato que no le corresponden.

Decía el susodicho que salía «en defensa de la libertad lingüística de los estudiantes valencianos». Tiene el diputado provincial un yo mayestático inflamado, capaz de representar a «todos» los castellanohablantes sin descuidar la defensa de «todos» los estudiantes valencianos. Por lo demás, o dice una tontería (a la que me apunto: además de la libertad lingüística exijo la matemática y gimnástica) o una mentira: nadie te obliga a hablar en valenciano; aquí se está discutiendo si deben los alumnos valencianos estudiar una asignatura y no esa falaz estupidez del «imperialismo lingüístico» del que habla Berasaluce. Dice también el susodicho que el valenciano es una lengua que «podría» aprender («porque es una de esas que se entiende sin conocerla mucho», basta con la lentitud: c-o-l-l-o-n-s), pero que «preferiría el inglés, una lengua más práctica». Aquí parece que, además de reconocer que en su falta de educación hay que añadir la muesca del inglés, entramos en el proceloso ámbito de la practicidad. ¿Son las lenguas prácticas y las hay unas más prácticas que otras? Dejémoslo aquí.

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