27 de julio de 2016
27.07.2016

La resignación que nos mueve

27.07.2016 | 04:15
La resignación que nos mueve

L as elecciones del mes de junio nos han pasado factura. Unas semanas bastaron para dar un paso atrás y reubicarse; unas semanas durante las que fuerzas emergentes, como Podemos, se mostraran codiciosas y alardearon del desprecio a las formas externas que, como los ritos, son expresiones de convivencia en el respeto, trocándolas en una muestra del exhibicionismo reivindicativo que debieron reservar para su efectiva acción parlamentaria. La concurrencia con IU ha decepcionado a votantes de uno y otro partido que, seguramente, se han quedado en casa.
Ciudadanos ha perdido representación por la vuelta al origen de su derecha, la más sensata, que rehuyendo los problemas que tenían que afrontarse ha vuelto a la seguridad del PP, y ahora sigue siendo víctima de su propia lógica cuando propone dar consejos al monarca, contrariamente a los principios constitucionales que tanto dice respetar.

El PSOE, se dice, ha tenido los peores resultados de su historia; pero temo que quien ha concurrido a estas elecciones no ha sido el PSOE, sino Pedro Sánchez, quien ante la opinión pública ha sido un candidato solitario. Así se ha percibido por mor de los barones y baronesas que han redoblado el esfuerzo para obtener su propio momento de gloria. Susana Díaz, con su alegría andaluza, se crece cada vez que le preguntan si será la próxima secretaria general con respuestas evasivas, olvidando que, hoy por hoy, no es candidata de nada ni para nada y que si no espabila, en su tierra puede pasar a la oposición. Qué decir de esos barones territoriales cuyas opiniones se expresan en términos impositivos, o de las viejas y respetadas glorias capaces de pronunciarse en contra de la opinión generalizada del partido y de sus órganos de gobierno. El más grave de los errores es cuestionar al propio líder, y el secretario general, incluso para aquellos que no le votamos, tiene toda la legitimidad democrática de unas elecciones ganadas frente a otros, u otras, que las perdieron.

Y el PP, con apenas un 21 % del total del electorado, se ha alzado con una indiscutible mayoría numérica y un ejemplo a seguir por los demás. Tiene un poder de convicción propia envidiable y a veces es capaz de contagiarlo: mientras era oposición elevó su voz contra una crisis económica mundial en la que nos vimos arrastrados, inmersos, que con el mayor descaro atribuyó a Rodríguez Zapatero, como en la actualidad, cuando el mundo económico se recupera y atisbamos la salida tampoco duda en atribuirle todos los méritos a Mariano Rajoy.
Así de simple, sin el menor rigor en el análisis de las consecuencias de pertenecer a un contexto internacional en el que sus bondades y defectos han de arrastrarnos. Habían prometido sacarnos de ella mediante su programa electoral, y se han esforzado durante su mandato sobre la base de hacer todo lo contrario a lo que prometieron: no hablaron del paro, de la precariedad del trabajo, de la ruina de las empresas, de la salvación de los bancos, de la privatización de la riqueza pública llevar a la ruina a tantas empresas, el hambre a los hogares en que sus miembros estaban en paro, la privatización de la riqueza pública, el incremento de los grandes patrimonios y el deterioro de los servicios públicos. La corrupción, una lacra permanente e individual, se ha institucionalizado. Eso sí que nos lo dijeron, que entraban en política para ganar dinero. En ningún país del mundo se habría tolerado la permanencia en el Gobierno de los que designaron y respaldaron a los cargos públicos que se han apropiado de nuestro dinero, que falsifican contratos con la Seguridad Social, destruyen pruebas condenatorias y alientan con sus llamadas y correos a los delincuentes. Cuando creímos que la gente estaba dispuesta a darles su propio finiquito ha resultado que, contrariamente, les hemos prorrogado su contrato.

Pero son un ejemplo. En ningún caso hemos oído una sola voz que se alzara contra sus líderes; ni la menor crítica, ni siquiera un atisbo de duda acerca de su idoneidad para encabezar el partido ni el Gobierno. Rajoy ha sido para el PP, el único, el indiscutible. Alguna pluma ha revelado descontentos internos por los niveles de corrupción, cosa que no dudamos, pero jamás una sola opinión ha trascendido respaldada por un nombre. El PP ha hecho una exhibición de firmeza y unidad y adoptado el discurso del triunfalismo. Claro que tampoco lo tiene difícil; en este país siempre se ha mirado con lupa a la izquierda y se ha sido extraordinariamente permisivo con la derecha. Menos los tribunales.
Los tribunales no, pero de otra manera. El blanqueo de capital atribuido a Isabel Pantoja la ha conducido inexorablemente a cumplir en prisión una condena que se declaró a si misma ejemplarizante. Sin embargo, la gente se pregunta por qué una folclórica que se compró un puñado de vacas con dinero público fue a la cárcel y cómo es posible que otros como Pujol, Rato, Rus y un largo etcétera permanezcan en sus mansiones durante esa interminable instrucción de sus procedimientos penales que no acaban de declarar su culpabilidad o inocencia. Y también se preguntan acerca de los motivos por los que la clase política que indebidamente contrató a Urdangarin no se sienta en el banquillo y cómo es posible que los capitales detraídos no regresen al erario. Renuncio de antemano a descifrar la factura del agua y pido que alguien me explique qué es lo que, en realidad, estamos pagando. Menos mal que nos queda Pantoja.

Las vacaciones de 2016 prometen ser cortas; en agosto nuevo Gobierno, con toda probabilidad nuevo, y conocido presidente. Pero no le arriende nadie las ganancias porque el próximo cuatrienio no será fácil ya que el miedo a la inestabilidad que provocó el resultado a las segundas elecciones puede materializarse en un Congreso que por acción o abstención haya permitido la investidura pero cuya mayoría no renunciará a lo que podría ser una crítica continuada que el PP, se echará sobre sus amplias espaldas pero que puede llegar a convertirse en una moción de censura. El éxito de Rajoy no está tanto en conseguir la nominación como en mantenerla durante los cuatro años que vendrán. Será muy difícil.

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