28 de julio de 2016
28.07.2016

Imposición lingüística

28.07.2016 | 04:15

Leo que «Los expertos proponen una prueba de inglés en las oposiciones a funcionario» (Levante-EMV, 20/7/16). «Los sabios (...) prefieren no pronunciarse sobre la introducción del requisito lingüístico para acceder a una plaza de funcionario, pero sí apuestan por el conocimiento de lenguas extranjeras por parte de los aspirantes», explica. Así pues, los doctos asumen ese ignoto axioma lingüístico que da por inquebrantable la supremacía e indispensabilidad del inglés, sin entrar, eso sí, en posicionamientos sobre el idioma valenciano. Exótica modestia la de estos lumbreras, capaces de pontificar y no mojarse sobre una misma cuestión, a saber: ¿qué valor atribuirle a los idiomas?

Huelga desarrollar argumentos a propósito de la incuestionable necesidad de dominar el valenciano: opositores, docentes, médicos, toda persona que trabaje en nuestra comunidad autónoma debe estar capacitada oficialmente para hablar y escribir con soltura en valenciano. Esto tan intuitivo, tan de sentido común, sigue siendo territorio comanche todavía hoy, ¡inaudito! Pero nadie pone en su sitio esta vieja moda de la «importancia del inglés». Me gustaría una explicación racional y razonable a esta cuestión abierta aquí planteada: ¿qué valor pragmático implementa en el aula dominar el inglés para un profesor de Filosofía, Matemáticas o Química? ¿Acaso planea algún sujeto descarnado imponer todas las materias en inglés? ¿Y a santo de qué o quién?

Me sorprende el pasotismo moral de la RAE u otras instituciones que velan por nuestro idioma. ¿No sería un buen momento para plantearse, en todo caso, evaluar el dominio del castellano „y las respectivas lenguas autóctonas„ de esos docentes, jueces, funcionarios, etcétera? Nunca está de más potenciar la comprensión lecto-escritora y acreditarla. Si tanto empeño hay en los idiomas, mejor centrarse en los que realmente serán útiles a diario. Vamos, que ese secretario del ayuntamiento sea capaz de escribir un informe en castellano o valenciano indistintamente. Vamos, que el profesor de Filosofía sepa redactar textos „o traducirlos„ en castellano y valenciano. Vamos, que me atiendan en castellano o valenciano sin dificultad cuando llamo a conselleria o a cualquier ambulatorio. Y así hasta la Guardia Civil, el alcalde del pueblo, concejales€
Lejos de centrarse en tales cuestiones, inquieta este inexplicable mutismo. Opositores vendidos al mercantilismo de entes inconcretos, escuelas de idiomas saturadas porque nadie se atreve a proclamar aquello que piensa, trabajadores sometidos a la dictadura del idioma inglés, sin que nadie reclame un ápice de sentido del ridículo y una dosis mínima de autoestima... Sin olvidarse del negocio implícito a cuento del B1, B2 y sucedáneos. ¡Ay, el inglés! Recuérdese a nuestro ínclito Font de Mora, tan amigo del idioma de Shakespeare que implantó la EpC en inglés, ¡y algunos le siguieron la broma! Llega el momento de exigir un debate sobre esta controvertida cuestión. O mejor, contra el que se presupone un controvertido asunto. Porque, hasta hoy, sólo podemos referirnos a una desvergonzada imposición lingüística.

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