31 de julio de 2016
31.07.2016
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Generaciones a la deriva

31.07.2016 | 04:15
Generaciones a la deriva

N o se puede ni debe generalizar, pero si no lo hiciésemos sería difícil mantener opinión alguna porque no hay quien conozca a todas las personas en todas las situaciones, de manera que es fácil caer en la tentación de simplificar aludiendo a colectivos con categorías comunes (jóvenes, catalanes, ricos, tecnológicos, progresistas, etcétera). Así, los medios de comunicación y sociólogos suelen etiquetar los grupos de adolescentes que han compartido etapas de la vida y modos de encararla como generaciones asociadas a letras emblemáticas, tales como la generación X (nacidos en la década de los setenta del siglo pasado, paladines de la libertad, defensa del medio ambiente o el arte, y pródigos en actitudes de rebeldía), la generación Y (nacidos en el último cuarto del siglo XX, cuyo eje vital es la tecnología o preocupaciones globales y que retrasaban el abandono del hogar familiar), o la generación Z (nacidos desde principios del siglo XXI, caracterizados por su pasión por el mundo virtual, la prevalencia de la imagen sobre la letra y el individualismo).

Convencionalmente solemos asignar unas tres generaciones por cada siglo, de manera que cada generación transmite ideas a la siguiente, e incluso, como muestra el resultado del brexit en el Reino Unido, una generación ha decidido en las urnas las condiciones de libertades de sus nietos. Y en contrapartida, la generación venidera, normalmente instalada en unas condiciones y contexto socioeconómico singular, abriga distintas dudas y problemas que sus predecesores. El resultado es una situación paradójica en que cada generación posee su propia identidad pero ancianos, maduros y jóvenes están condenados a coexistir, con sus sintonías y conflictos. E incluso comparten problemas nuevos, que son de todos y que todos deben encarar, como los coletazos de tan ingobernable crisis económica o los latigazos del terrorismo islámico.
Pero veamos en trazo rápido las señas de identidad de las tres generaciones que podemos distinguir hoy día en nuestra España. El eje de la generación de nuestros padres, los pertenecientes a la inmensa clase media que le tocó lidiar con la dictadura y la democracia, era la palabra sacrificio. Sacrificio de tiempo y talento porque no había tiempo para formarse o divertirse: urgía sobrevivir, buscar un trabajo por modesto que fuese y salir adelante. Sacrificio del propio ocio por el trabajo, de día o de noche, con labores extras y no pocos chollos. Sacrificio de la reflexión personal sobre religión, ideología o naturaleza, cuestiones enterradas por preocupaciones mas terrenales y el reto de sobrevivir, persiguiendo el pan de cada día, una vivienda en propiedad (con su hipoteca), el capricho de un utilitario y disfrutar con el paseo de los domingos o la excursión playera o a la sierra con tortilla y empanada. Una generación marcada por el esfuerzo y por atender a la familia, que dejó aparcados sus propios sueños, hasta que en su última etapa vital se sentían como la canción de Sabina, pero en vez de habérsele robado el mes de abril sentían que les había sido robada toda la juventud.

El eje de la siguiente generación, en la que encajo, ha sido bienestar. Bienestar en disfrutar de oportunidades educativas y de ocio. Bienestar en poder elegir el rumbo del propio destino. Bienestar de aplazar el matrimonio o formar una familia, a poder ser con pocos hijos por aquello de la calidad de vida. Bienestar en las posibilidades reales de obtener trabajos cómodos, cosechar formación académica, disfrutar de cultura accesible y mantener el sentido de la cortesía y el civismo.

El eje de la generación de nuestros hijos adolescentes es la rapidez. Rapidez en disfrutar de lo que quieren. No saben esperar. Rapidez en escuchar la música que quieren o urgencia por comunicarse tecnológicamente. Rapidez en tener coche, dinero y conquistar lo que es propio de edades superiores. Rapidez en digerir comida basura, en bailar a ritmos enloquecidos, en cambiar de amigos, pareja o actividad. El precio de vivir en un mundo rápido es que no echan raíces, raíces mentales, raíces sociales o raíces emocionales. Todo resulta líquido y cambiante al gusto de cada cual. Quizá bastaría con que cada uno, fuese de la generación que fuese, al tomar decisiones sobre el rumbo de su vida, sobre lo que hace en cada momento, tuviese presente la actitud expuesta en la conocida anécdota. Tres personas apilaban ladrillos y la pregunta de qué hacían, el primero respondió: «Ganarme un sueldo»; el segundo contestó: «Mantener a mi familia»; y el tercero replicó: «Construir una catedral». Sería estupendo que fuésemos capaces de poder ver en cada cosa que hacemos su dimensión con amplitud de miras. Nada de conformismos ni visión inmediata o a corto plazo.

Y lo digo porque me apena contemplar en algunos programas televisivos entrevistas a rebaños de adolescentes que cuando el reportero les pregunta qué hacen o en qué piensan emplear la tarde o el verano responden lacónicamente: «de marcha», «de fiesta», y cuando algo les asombra y recaban su opinión lo despachan con un mantra simplón: «¡Qué fuerte!». No hay adjetivos, adverbios ni metáforas o desarrollos expresivos. No hay reflexiones ni respuestas ingeniosas o profundas. Y sé que generalizo, pero no hablo de excepciones. No sé si esta simpleza juvenil viene de haberse postergado el hábito de la lectura, la tertulia, el diálogo o la curiosidad de los jóvenes, pero me temo que donde va esta generación no puede ser muy halagüeño. Lo peor es que la generación que la precede no tiene recetas y que la generación que la suceda tendrá un extraño referente.

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