07 de agosto de 2016
07.08.2016

Modelo israelí

07.08.2016 | 04:15
Modelo israelí

En vista de que estos lobos solitarios, por llamarlos de algún modo, están empeñados en extender el miedo, en herir casi a diario lo cotidiano, nos preguntamos si hay espacio para la despreocupación o para andar confiados por el mundo. Porque aquí lo que está en juego, tras las masacres, los atentados, los espontáneos con hacha o con machete, es la confianza. Una sociedad bien articulada necesita confiar en el prójimo y en los lugares que habitualmente pisa. Si la confianza se resquebraja, aparece el miedo y, por tanto, la vida cotidiana queda fuertemente resentida. Pueden gritar que Alá es grande, pero uno no puede menos que dudar de que ese grito obedezca estrictamente a motivos religiosos. Se ha convertido en una fórmula, en el grito de guerra de los desesperados y de los resentidos, de quienes van acumulando rabia hasta que la descargan del modo más brutal. Tiene razón Enzensberger cuando carga las tintas, más que en supuestas motivaciones religiosas, en la figura del perdedor, de quien se siente excluido de la fiesta, de quien nada tiene que perder, pues incluso su propia vida no vale nada. Ahora bien, no todos los perdedores actúan de ese modo, matando. Si así fuese, los índices de criminalidad superarían lo inconcebible. Un asesino es un asesino, y perdedores hay millones. 

Se habla con mucha ligereza de conversiones exprés, de ateos que repentinamente sienten la llamada de Dios. Si es así, no será por una súbita iluminación. Disfrazan sus crímenes con el manto de la trascendencia. Ya no es cuestión de fe, o no sólo de fe, como sugieren algunos. Estos sujetos no son seres especialmente religiosos o creyentes, sino sujetos que habitan en el nihilismo más radical y sólo adquieren relevancia cuando destruyen, cuando son los causantes directos de una gran masacre. Nos odian y no quieren que vivamos en paz, así de simple. No quieren irse de este mundo sin haber cometido, según ellos, un acto grandioso y ese acto sólo puede ser destructivo. Podemos hacer elucubraciones de tipo psicológico o de carácter de personalidad, y nos quedaríamos solos en el intento. Que si psicópatas, que si chalados sin empatía... Ya digo, nos quedaríamos solos. Pero cuando Enzensberger se refiere al perdedor no necesariamente creyente, a ese sujeto que no hace ruido, que vive con discreción y trata de pasar desapercibido, uno piensa en esos tímidos recalcitrantes que un buen día se hartan de su timidez y deciden dar un golpe sobre la mesa y decir basta, hasta aquí llega mi timidez, y es cuando nos anuncian: «Os vais a enterar, hijos de puta, de quién soy y de lo que soy capaz de haceros». Por supuesto, el asunto no es tan sencillo ni puede despacharse de ese modo. Nadie es capaz de entrar en la mente de esos sujetos y desde allí interpretar el mundo. Sin duda, esto son meras aproximaciones interpretativas. Pero lo cierto es que la motivación estrictamente religiosa es insuficiente a la hora de encarar este problema. El hombre de la nada puede gritar «Allah Akbar» y no ser particularmente un ser religioso o creyente. De hecho, anteayer era un tipo que no cumplía en absoluto con las obligaciones del creyente y, más aún, las despreciaba olímpicamente. Entonces, ¿estamos hablando de una fe súbita, de un ataque repentino de religiosidad? No creo. A no ser que esa fe súbita sea la misma que la del ateo de toda la vida que, en el lecho de muerte, se aferra con desesperación a Dios y a sus derivados. Y volvemos a la desesperación. 

El filósofo francés Luc Ferry nos alerta de que estamos cada vez más cerca del modelo israelí. Debido a la erosión de la confianza debido a las continuas amenazas y actos suicidas y homicidas que proliferan en las ciudades del corazón de Europa, nos encaminamos a un modelo fuertemente blindado y en estado de vigilancia y tensión permanentes. El manido debate entre seguridad y libertad, en lugar de ser contemplado como una confrontación constante, a partir de ahora tendrá que ser entendida como una negociación y, al final, como un pacto. Nos veremos obligados a aceptar lo siguiente: que sin seguridad, la libertad no es más que una quimera, un sueño de seres poco menos que irresponsables. Habitaremos un mundo en el que seremos objeto de continuos cacheos y nuestros cuerpos serán escaneados a discreción. Israel es una democracia, pero una democracia hipervigilada y en primera línea de fuego. Corre el riesgo de ser destruida. No queremos verlo, nos tapamos los ojos y los oídos y pensamos que ese tipo de sociedad no llegará nunca, tan acostumbrados hemos estado a una Europa suave y blanda, casi de jardín botánico o de infancia. Jünger ya nos avisó: hay que vivir preparados para la catástrofe, siempre despiertos y atentos. Y no por ello caer en la desesperación, en la tristeza o en el miedo. No es fácil, pero ¿quién dijo que lo fuera?

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