14 de agosto de 2016
14.08.2016

La chica del tren

14.08.2016 | 04:15
La chica del tren

En este caso, se trata del suave y puntual AVE. Hace ya tiempo que detesto los aviones como sufriente pasajero. Eso sí, me quedo embelesado contemplando cómo despegan y van tomando altura hasta establecerse en el aire y desaparecer. Prefiero ir al ras que padecer la angustia de las alturas. Esos temibles minutos iniciales. Esas manos que sudan. Qué gusto dan esos trenes de alta velocidad que te depositan con, insisto, suavidad sobre el andén. Una vez que los ojos se han amansado en la bovina contemplación del territorio ibérico, es hora de ir mirando a los demás pasajeros. Eso sí, sin fijezas violentas. Basta con un barrido o, si la persona observada dormita o está inmersa en la lectura, entonces se acepta que los ojos se demoren en ese rostro, en esas piernas, en ese cuello, en esa nariz. En fin, ya saben. También vale esa mirada entornada que viene del sueño o se dirige sin remisión hacia él. Un ir alternando paisaje con paisanaje, como diría no sé quien. Pero siempre llega un momento en el que hay que fijar la mirada en alguien. Es, entonces, cuando esa mirada piensa. 

En este caso, se trata de una chica con la cabeza rapada, de una palidez clínica. Pienso en un posible cáncer y en esas devastadoras sesiones de quimioterapia. De vez en cuando, la chica siente una necesidad perentoria de mostrar afecto por la mujer que viaja a su lado. Es una señora mayor que podría ser su madre. Los ojos de la chica, sin duda, revelan un sufrimiento atroz, pero también una belleza descarnada, dolida y, a la vez, cargada de esperanza. Una chica apaleada que, cada dos por tres, necesita tocar el brazo, la muñeca de esa señora que se deja achuchar con infinito placer. Luego, como si el esfuerzo emocional la hubiera dejado exhausta, vuelve a cerrar apaciblemente los ojos y se deja balancear por, insisto de nuevo, la suavidad del trayecto. Por supuesto, la escena me sirve para imaginar algún que otro posible capítulo para una posible novela o un posible relato y, claro, sin darme cuenta la imagen ya está ingresando sin avisar en este artículo.

El tren nunca supera los 300 kilómetros por hora. Y me parece sensata esa velocidad. Aunque, sin duda, vista desde fuera la velocidad me parecería de vértigo. El territorio va pasando de un cierto verdor ondulante a una severidad casi ascética, y está bien que así sea. También me parece correcta esa alternancia entre la verdura y el mineral desnudo, entre la ternura de ciertos valles y el despojamiento de algunas lomas. La chica también está contemplando, con toda la esperanza que pueden contener su pecho y sus ojos llorosos, ese territorio interior, tremendamente ibérico. Ambos estamos mirando lo mismo, sin que esto que estamos mirando sea lo mismo. La señora mayor sigue recibiendo los arrebatos de amor de la chica, que va pasando de la melancolía y la quietud a un estado de efervescencia afectiva que no parece desconcertar a la señora. Y uno cree que los médicos les han dado a ambas, al fin, una buena noticia, un atisbo de esperanza, un clavo al que aferrarse, una prórroga que tal vez sea bastante larga, lo suficiente como para entregarse a esas descargas de adrenalina que desbordan a la chica de la cabeza rapada. Una cabeza, por cierto, hermosa, muy bien formada. Un cráneo que habría que acariciar. 

Es un viaje muy intenso, una montaña rusa emocional. No en vano, durante el trayecto estoy leyendo un relato de Richard Ford sobre un tipo casado que pierde la cabeza por una mujer parisina. El hombre deambula por las calles de un París que desconoce. Su voz, cuando habla por teléfono con su mujer, de algún modo le delata. Sin embargo, a pesar de que la historia de Ford promete mucho y en cualquier otro momento sería, sin duda, una de esas lecturas absorbentes que lo mantienen a uno fijado en el suelo, no puedo evitar levantar la mirada por encima del libro y regresar a la chica de la cabeza a lo Sinead O'Connor. Su cuerpo disminuido, sus hombros caídos, sus ojos de nuevo serenamente cerrados. Nunca he visto sueño más plácido. A ratos dice que sí, a ratos que no debido al leve balanceo del tren. Asiente y niega con dulzura. Es, simplemente, y casi nada, una mujer que duerme. Y su sueño, sin duda, es un sueño muy merecido. Este tren de alta velocidad llegará con sobrecogedora puntualidad a la estación. Ni un minuto más, pero tampoco ni un minuto menos.

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