15 de agosto de 2016
15.08.2016

"Allahu akbar"

15.08.2016 | 04:15

La discusión sobre la naturaleza del islamismo no es baladí, porque de ella depende la actitud que adoptemos los demás. ¿Se trata de una religión pacífica de la que solo escapan unos cuantos locos asesinos que traicionan el Corán? ¿O es un código despiadado que bendice la fatwa, promete a los que matan en su nombre unas cuantas vírgenes que los esperan en el paraíso, que perdona la mentira si se usa como método para imponer su credo a los infieles? ¿Que bendice a los que se inmolan con una bomba que además mata a decenas de inocentes? ¿Que consagra las virtudes de la guerra santa, esta cosa de hace siglos que no tiene cabida en nuestra civilización?

El Corán es un texto bastante primitivo. Propone soluciones obsoletas a los problemas de la vida moderna, lo que a su vez requiere su interpretación por escuelas coránicas y ulemas que entienden poco de problemas actuales. Naturalmente, rechazan los avances de la ciencia (menos los automóviles Mercedes), la usura (menos la de los bancos), la inmoralidad (menos casarse con cuatro mujeres) y la inmodestia (menos cuando las mujeres árabes se quitan el chador nada más aterrizar en París y se ponen vaqueros).

La religión cristiana habla de amor y perdón y fíjense las cosas que se han hecho en su nombre. Qué no ocurrirá con un credo que admite la violencia en sus suras. Y como dijo George Steiner hace bien poco, «no puedo respetar una religión que rompió con la ciencia hace más de diez siglos y que degrada a la mujer a la categoría de bestia de carga».

El cristianismo y el islamismo se nutren de siglos de historia diferenciadora. Mientras los musulmanes se han quedado atrás en el tiempo, los cristianos han avanzado en la formulación y la práctica de sus dilemas: no imponen su religión a nadie, no matan en su nombre (y si lo hacen, los mandan a la cárcel por una larga temporada). La Iglesia Católica, por ejemplo, prohíbe el aborto y gestiona mal el divorcio, pero no puede imponer nada porque la libertad de acción individual es garantizada por los poderes laicos. El paso de los siglos se nota entre nosotros en que ya nadie arde en una hoguera, ni siquiera por practicar ritos satánicos; allá cada cual con sus locuras. La violencia de Estado ya no se ejerce en nombre de la religión. Hacemos el bestia pero al menos no nos escudamos en los evangelios.

El problema real del islam está en su imbricación con la política. Si los ayatolás y los demás tiranos no dispusieran de fuerza coercitiva en materia de religión, si las constituciones de sus Estados no fueran confesionales, estarían donde los cristianos: dando la tabarra con la moral pero teniendo que aguantarse con el único recurso de prometer el infierno (y ni siquiera eso, porque ya hemos llegado a la conclusión de que no hay). En el islam, la religión es un método de control, de tiranía. 

Y es preciso que nos demos cuenta de que estamos padeciendo una verdadera guerra de religión impulsada contra el mundo por Arabia Saudí, por Catar, por la Turquía de Erdogan. Quieren imponernos la sharía, rechazando los modos de las sociedades democráticas en las que viven sus guerreros, llegados al mundo desarrollado para disfrutar de sus ventajas mientras tratan de importar el modelo del que han emigrado.
¿Qué hacemos? Vaya, derrotar al Estado Islámico en su feudo, desde luego. Sirve por un tiempo, hasta que, con el impulso del hipócrita dinero saudí y catarí, a otro loco se le ocurra lanzar una nueva guerra. Pero no olvidemos que gran parte de los atacantes de hoy salen de sus círculos deprimidos en Europa. Es indispensable educar a nuestros inmigrantes en los valores de la libertad y la democracia y, sin dejar de respetar sus costumbres privadas, imponerles las nuestras como ellos hacen cuando viajamos al mundo islámico. Y haciendo que puedan ganarse la vida dignamente. En el fondo, es más una cuestión económica que religiosa.

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