21 de agosto de 2016
21.08.2016

Chiringuito

21.08.2016 | 04:15
Chiringuito

En un día de playa, al pisar la arena del fondo, me pica un pez araña. Eso es algo que no me había sucedido nunca, aunque me pasé la infancia recibiendo advertencias por parte de tíos y abuelos para que tuviera cuidado con las aletas dorsales de ses aranyes. Este año yo sabía que las cosas se habían puesto difíciles porque ya le había picado una araña a mi hijo. Y dos días después me toca a mí. El dolor es intenso, aunque no tan fuerte como me había imaginado. Por suerte, consigo llegar a pie hasta un chiringuito, donde me encuentro a un chico con el pie metido en un cubo de agua. Pido ayuda y enseguida sale una chica con otro cubo de agua muy caliente al que ha echado un chorrito de amoníaco. La camarera me hace sentarme al lado del chico, me mete el pie en el agua del cubo y me pide que tenga paciencia. «En un cuarto de hora se habrá pasado el dolor», me advierte. 

Se llama Sole y mientras meto el pie en el agua me da ánimos. Me cuenta que una vez le picó un escorpión cuando estaba escarbando el huerto de sus padres. Lo hacía con las manos, según la tradición de la familia la tierra removida a mano se oxigena mejor, me dice, y en ese momento, cuando tenía los brazos bien metidos en la tierra, le picó un escorpión. Se le hinchó todo el brazo y perdió por completo la sensibilidad en todo el costado. Empezó a sentir miedo cuando vio que también estaba perdiendo sensibilidad en la zona más próxima al corazón. Por suerte, los padres de Sole la llevaron a un centro de salud y allí le pusieron una inyección con un antídoto contra el veneno. Todo esto me lo cuenta sonriendo, con un calor de mil demonios, mientras va atendiendo a clientes (cervezas, tapitas de paella, calamares a la plancha, tintos con limón o con Casera). Al cabo de un tiempo, Sole tiene que irse porque ha llegado una avalancha de turistas. Me desea suerte y me pide que le devuelva el cubo cuando se me haya pasado el dolor. Me pregunto cuánto cobrará por hacer su trabajo, siempre sonriendo, siempre con una palabra amable para todo el mundo. Bendita sea.

Cuando Sole se va, nos quedamos el otro chico y yo con el pie metido en el agua caliente. El dolor ha disminuido, pero aún tengo el dedo gordo muy hinchado y de vez en cuando me llega una punzada fuerte de dolor. Le pregunto al chico de al lado cómo lo lleva. No entiende. Hago la pregunta en inglés. Tampoco entiende. Cambio al francés, y entonces me responde encantado. Me dice que ya está mucho mejor, pero que lo ha pasado muy mal. El chico no sabía que hubiera peces escondidos en la arena con púas tan peligrosas. Después me va contando más cosas, tal vez para justificar que se haya dejado picar por un pez en la playa (los adolescentes, ya se sabe, son muy orgullosos): es francés, de París, y está de vacaciones con su familia, que es de origen marroquí. Me la señala: es una gran familia, con varios hermanos y muchos adultos, que está tomando el sol cerca del chiringuito. La madre viene a ver cómo está su hijo, y luego se acerca otro adulto, el padre o el tío, no sé. Todos hablan en francés. Para los demagogos de media Europa, esta familia de veraneantes de origen magrebí es un peligro público, y muchos querrían expulsarlos o encarcelarlos o someterlos a una severa vigilancia. Pero yo sólo veo gente amable que se comporta mucho mejor que muchos de nuestros compatriotas. Y supongo, además, que todos ellos están hasta las narices de los yihadistas y de todo lo que representan.
En este momento se produce una pausa en la actividad del chiringuito. Los camareros vienen a vernos a los dos damnificados por las arañas. Está claro que todos los que trabajan en el chiringuito agradecen un descanso. Uno de los camareros resulta ser hijo de rumano y alemana. Otra es una chica a la que un día oí cantar y muy bien una canción de Antonio Molina: Cocinero, cocinero. Otra es una ecuatoriana que me dice un nombre que no entiendo, Quiteria o Emateria, algo así. Todos siguen de buen humor, a pesar de que el calor es tremendo y han estado trabajando como bestias. No sé dónde he leído que estamos condenados a ser un país de camareros, y estas cosas se dicen con desprecio, como si estos camareros de chiringuito y todos los demás fueran gente muy poco preparada, una especie de lastre económico y laboral o incluso cultural para el bienestar de este país. Pero lo que yo veo es gente amable, tan amable como la familia franco-magrebí que hace un trabajo muy duro y mal pagado, y aun así no se queja, y sonríe, y trata con una cortesía maravillosa a esos dos veraneantes sus teóricos enemigos de clase que se han dejado picar por un pez araña. Benditos sean todos ellos.

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