30 de agosto de 2016
30.08.2016

Heredar Rencores

30.08.2016 | 04:15
Heredar Rencores

Pertenecían a distintos niveles culturales y económicos pero se enamoraron. Ella, abogada, 33 años; él no más de 24 años. Nada les importaba. Vanesa vivía en España y él en Cuba. En sus calles se buscaba la vida empujando carruajes con turistas y vendiendo figuras de madera. Ella iba y venía, él no; él la esperaba en La Habana. Fue una relación difícil ya que siendo casi un chiquillo, pícaro y guapo, la fidelidad estaba en peligro. Guapa y divertida, idealizó el régimen cubano y estaba loca por aquel chico. Sus padres le recriminaban tanto viaje, gasto y desorden. Se habían conocido en España durante un viaje del muchacho acompañando a sus tíos, músicos. A los tres meses regresó a Cuba y ella corrió a verlo. La historia pendía de un hilo; la ayuda que la mujer aportaba a la pareja era oxígeno. Cada vez que la novia llegaba a La Habana llevaba el suficiente dinero para vivir bien. En uno de esos viajes quedó embarazada y comenzaron los problemas. Después de años de engaños y discusiones, el jarrón del amor se hizo puré. A los abuelos les preocupaba esa nieta a la que apenas conocían. No aprobaban la vida de su hija y viviendo ambas en la misma ciudad casi no se veían. Tendría 10 años cuando abrazaron a la niña. Estaban locos con la chiquilla pero poco les duró el contento. En uno de los tantos de viajes de su hija a Cuba enfermó el hombre. «Vane» no quiso que le faltara nada. Ya no había amor pero sí una hija en común. Los abuelos, generosos, hablaron con ella y se trajeron al enfermo a España para ponerlo en las mejores manos. Ella lo agradeció pero nunca perdonó el rechazo inicial de sus padres hacia el progenitor de la niña. Entre todos habían edificado un muro muy alto.

Pasado los años, cuando falleció la abuela, la nieta se plantó en el tanatorio para despedir a quien apenas había visto en su vida. Deseos de mamá. Tenía 22 años. La veló en silencio. Nadie conocía a la chica que lloraba discretamente hasta que alguien preguntó; «es mi abuela», contestó emocionada. Desde ese instante la niña que nadie conocía se convirtió en la reina de la familia. Se dan codazos para mimarla y verla bailar. Le apasiona. En fin, que con su gesto abrió las puertas de todas las casas.
Las que cerraron los mayores.

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