06 de septiembre de 2016
06.09.2016

Ficción y realidad

06.09.2016 | 04:15

Querida lectora, no menos estimado lector: le supongo a usted disfrutando de sus últimos días de descanso, o bien en ese estado de vagancia contrariada que ahora se llama síndrome postvacacional. Procuraré por tanto no aburrirle, y proponerle un juego que se pueda practicar desde la hamaca.

Imagine usted una sociedad del futuro, quizá algo a medio camino entre George Orwell y Cormac McCarthy, en que las autoridades, cansadas de que las medidas represivas tradicionales no resulten eficaces para acabar con el delito, deciden invertir el sistema que ha estado vigente desde tiempos inmemoriales: en lugar de castigar a los delincuentes, éstos estarán libres y podrán, por tanto, organizar su vida, sus horarios, sus relaciones sociales y sus actividades. Por contra, las víctimas serán sometidas a distintos tipos de tratamiento, en función de la gravedad del delito y de la vulnerabilidad de dichas víctimas. Así, aquellas que conserven una cierta fortaleza y no hayan sido objeto de agresiones demasiado graves, estarán sujetas a medidas de menor gravedad, siendo la más leve el peregrinar diario por diferentes oficinas de la Administración, con sujeción desde luego a las normas de la misma y debiendo cumplir rigurosamente el horario que en todas ellas se les marque; esta pena sería una especie de gymkana, en que las víctimas acreditarían el cumplimiento de cada una de las etapas anteriores con la aportación de los diferentes documentos, con sus correspondientes sellos, de los que se les habría ido proveyendo tras su súplica puntual y adecuada. De ahí irían incrementando los castigos, hasta llegar a los seres realmente repugnantes a la sociedad y a todo orden establecido: aquellas víctimas que hubieran sufrido ataques de envergadura y hubieren quedado en estado de suma debilidad, con posibilidad incluso de reincidir de forma inminente y grave en su anterior proceder. Estas serían internadas en lugares sin derecho a ninguna intimidad, ni tan siquiera la llave exclusiva del habitáculo en que residirían; sometidas a horarios y normas de conducta predeterminados y obligadas a las terapias que la Administración competente decidiera, so pena de quedar literalmente en la calle, ya que previamente habrían sido obligadas a abandonar sus viviendas, de las que debería disfrutar su agresor.

Creo de verdad que la idea daría para una novela inquietante, o quizá hasta para una serie de televisión. Pero esto ya es imposible, puesto que ha sido patentada por la Generalitat Valenciana, en un proyecto de orden publicado el día 20 del pasado mes de julio, relativo a los centros de acogida a mujeres víctimas de violencia de género. En dicho proyecto se configuran las viviendas tuteladas, a las que normalmente tienen acceso las víctimas de mayor riesgo y menos recursos personales y familiares, como centros de reforma, con un régimen de vida que hace pensar en un tercer grado penitenciario o algo similar. Así, se propone: prohibición absoluta de mascotas (téngase en cuenta que a estos centros acuden las mujeres con los hijos que dependen de ellas); fijación de horarios (art. 12, por si tienen Vds. la curiosidad de mirarlo); cada mujer tendrá llave de su habitación, pero la Administración dispondrá de una llave maestra (art. 9, apartado 4); se expulsará a las mujeres que no cumplan con la obligación de seguir el plan de intervención que se les establezca. Y así sucesivamente.

La parte de mí que todavía cree en el género humano, o en esa parte del mismo que es nuestro Gobierno autonómico, espera de todo corazón que el Proyecto del que hablo contenga errores involuntarios, quizá sea el producto de un fallo de corta-pega que alguien cometió con las prisas de publicar el proyecto antes de las vacaciones de verano. No puedo aceptar que realmente se piense tratar a las mujeres víctimas de violencia de género, especialmente a las más vulnerables, como si fueran adolescentes conflictivas, alguien a quien hay que someter a normas porque no las ha aceptado con anterioridad y así se ha convertido en alguien antisocial a quien hay que reinsertar.

Confío, espero, deseo de todo corazón que las responsables del Proyecto de orden la modifiquen, atendiendo las alegaciones que algunas organizaciones de mujeres han presentado, y regulen esas viviendas como un lugar de acogida y acompañamiento, con respeto a la libertad y a la intimidad de esas mujeres que ya se han visto obligadas a abandonar su hogar, que han sido desposeídas de su anterior proyecto de vida, y que tienen miedo. Cruzo los dedos porque esa modificación se produzca. Crúcelos usted conmigo.

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