06 de septiembre de 2016
06.09.2016

Madre Teresa y sus enemigos

06.09.2016 | 04:15

Soy enfermera. Recién graduada dediqué varios años mis vacaciones a colaborar con Madre Teresa en India. Pensé que valorarían mis estudios, pero ya me dijeron desde el primer día que no tenían hospitales, que las voluntarias teníamos que realizar las tareas que se nos encomendaran y en los años que allí estuve jamás se me ocurrió contradecir una tarea. El primer día barrí arrodillada con unas hojas y fregué todo el suelo del comedor, la segunda semana ya estaba duchando a los niños y poniendo tareas posturales a los pequeños con disfuncionalidades, que anoté en un carpesano que años después aún vi que guardaba.

Tengo anécdotas interminables, pero ninguna como el día que conocí a Madre Teresa. Yo había colaborado pero no había asistido a las Eucaristías (desde el momento en que leí sobre la existencia de la Inquisición, dejé de sentirme católica). Ese día quise compartir con ella la Eucaristía, me confesé y al dar las gracias se miraban unos a otros. Ella me miró a mí y sentí que de repente la luz, su luz, me inundaba, me nutría. No tengo palabras para describir lo que sentí, solo lágrimas de agradecimiento, porque empecé a ver la vida desde otra dimensión.
Su obra me transformó. Pasear por Calcuta y ver a los niños sobre cartones, muchas veces abandonados, y los programas del Gobierno o de otras órdenes religiosas siempre rescatando varones y no a las niñas, y observar el amor desde el que se posicionan estas hermanas para ayudar a miles de pobres y moribundos, es algo que deja sin palabras. No conozco al periodista que inventó el nombre de «ángel del demonio» para Madre Teresa. Solo digo que al margen de que yo tenga una mentalidad progresista sobre la mujer, sobre la concepción, que repartiría el Vaticano entre los pobres y todos los detalles personales que cada uno consideramos importantes y por ello somos distintos, al margen de cuestiones doctrinales puedo asegurar que Madre Teresa vivió de forma humilde, consciente y amorosa hasta el último día de su vida.
No sé si la Iglesia se repartirá parte de las donaciones que para ella llegan. Yo he mandado a través de una organización que teníamos, Ananda Maitreya, cajas con material sanitario, vitaminas y juguetes y comprobábamos siempre que llegaban. Nos levantábamos por las noches a atender a los bebés, trabajábamos incansablemente y apenas comíamos lo que debiéramos. Puede que esa parte sea verdad y puede que el voto de pobreza se ejerciera muy radicalmente, para las monjas. Por eso los voluntarios normalmente no se quedaban a dormir allí ni a comer, solo colaboraban unas horas en la mañana y dormían en sus albergues.

No he conocido a nadie con más energía amorosa que ella. Sus palabras siempre me acompañarán como un regalo del Universo. Se puede hablar mal de muchas personas, pero de verdad que quien hable mal de esta mujer que se arriesgó hasta que la echaran de monja, porque nadie quería que se dedicara a los pobres más pobres, quien habla diciendo que hizo algo malo, es solo su propia maldad la que está saliendo a la luz.

No son hospitales: cuidan como una familia cuidaría y si llega un moribundo de otra religión puedo asegurar que le piden un religioso de su creencia, fuera la que fuere, para que le bendiga en sus últimos momentos. A ver en qué otro sitio ocurre eso. Se puede ser de cualquier religión, de ninguna o de todas, pero hacer daño a la imagen de personas así no se debería. Para mí que cojan ellos y se pongan a ayudar el resto de sus vidas a los intocables, o que empiecen a trabajar desde el corazón como yo intenté hacer cada segundo de mis días en India y no con la cabeza.

Todo mi amor y mi reconocimiento para ella. Hoy y siempre.

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