10 de septiembre de 2016
10.09.2016

Como

10.09.2016 | 04:15
Como

Como cohibidos, como acomplejados, como asustados, como empequeñecidos, como temblorosos, como si la camisa no les llegase al cuerpo, algunos representantes de los colegios católicos han agarrado el clavo ardiente de la corrección política y aseguran que, según revela un informe, más del cuarenta por ciento de los padres de alumnos de sus centros profesan una ideología de izquierda. Como avergonzándose de su catolicidad y de su conservadurismo, como trasudando miedos, como disfrazando identidades, como aparentando adaptarse a las modas, como suplicando que les integren, como buscando empatía, como haciendo el ridículo, estas cabezas visibles de las escuelas concertadas apelan a la fracción siniestra de su clientela para neutralizar la pavorosa tunda que les prepara la conselleria de Marzá.

Ofuscados por el terror, no se dan cuenta de que hacer esto es como lanzar piedras a su propio tejado, como humillarse innecesariamente, como esgrimir sus mediocridades en detrimento de sus mejores y más auténticos atributos. Tal vez debieran tomar ejemplo de sus adversarios, que venden la grotesca fumata del comunismo, la estrafalaria bocanada del trotskismo y el aro esperpéntico del bolchevismo con la cara bien alta y el orgullo a rebosar, creyendo en lo suyo aunque sea falso y confiando en ello aunque no se sostenga. Si los revolucionarios contemporáneos pisan fuerte calzando botas del siglo pasado y vistiendo harapos del anterior; si la nueva izquierda profiere los mayores despropósitos y las menores chorradas con el más absoluto convencimiento, resulta inexcusable que una parte de la derecha orille lo sustancial de su condición y busque refugio en lo adyacente, lo accidental y lo secundario.

Es como intentar parecerse al enemigo para evitar el bastonazo; como arrastrarse vilmente para conjurar el peligro; como decir: «soy un poco de los tuyos» para disimular una diferencia radical. Una porción de lo concertado actúa como si hubiese caído en la cobardía, en la irresolución, en el maquiavelismo, en ese grouchomarxismo del absurdo que tiene otros principios en reserva por si no gustan los verdaderos; obra como si le hiciera el juego a la conciertofobia del poder, como si dudase de la verdad y de la firmeza de su catolicismo, como si le azorase mostrar su rostro, como si le intimidase la presión infame del sectarismo político.

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