10 de septiembre de 2016
10.09.2016

Involución

10.09.2016 | 04:15

Cuando en 1997 un grupo de biólogos, liderados por John Maynard Smith, se reunió para decidir cuáles habían sido los hitos evolutivos más significativos de nuestra especie, todos coincidieron en algo. Destacar aquellos capítulos que significaron nuevos medios para almacenar y transmitir información entre diferentes generaciones.

«Vamos a perder la capacidad de comunicarnos», sentenció mi compañero de viaje, un hombre que calculo acababa de dejar atrás los setenta. No sabiendo a qué venía semejante frase a modo de saludo, levanté la mirada dirigiendo mi atención, primero, al hombre y, después, guiada por su propia visión, al resto del vagón de aquel tren aún en origen. La imagen vista así, con conciencia, era desoladora. Excepto dos pasajeros que cogían ya postura para dormir, el resto miraba hacia abajo, con sus pulgares al cien por cien de rendimiento sobre la pantalla de sus teléfonos móviles.

Cuando estos biólogos destacaron «los nuevos medios», dudo se refiriesen a las nuevas tecnologías. El lenguaje, verbal y escrito, es la facultad cognitiva que ha potenciado en gran medida las capacidades de toda una especie, entre ellas la creatividad, aseguran los expertos. Lo de ahora, lo del «Homo sapiens sapiens» de la era digital, es una incomunicación oral, un exceso de creatividad que deriva en una comunicación ficticia. Ya no miramos a los ojos de nuestro interlocutor. Podemos inventarnos nuestro estado de ánimo, por escrito no hay entonación posible que nos delate. Podemos hasta inventarnos la vida que querríamos tener. Las redes sociales están llenas de vidas perfectas ficticias.

Para la vida real, pastillas. España es uno de los países europeos con mayor consumo de antidepresivos, ansiolíticos y sus derivados. Acabaremos siendo, decía mi compañero de viaje en aquel tren, «la generación del pulgar», que funciona ya con más destreza que «lo de darle a la lengua». Desconectamos del mundo para estar más conectados virtualmente. Y cuando duele el alma, que ésa no entiende de eras digitales, es más fácil ya tirar de receta que de conversación. Antes de Darwin y la selección natural, Lamarck, que formuló la primera teoría de la evolución biológica, aseguró que a medida que los individuos cambiamos de situación, de clima o de hábito, recibimos unas influencias que cambian poco a poco nuestras facultades, consistencia e incluso las proporciones de nuestro cuerpo. Por aquello del uso y el desuso.

Mi compañero de viaje va a tener razón. Perderemos, si no hemos perdido ya, la capacidad de comunicarnos. O al menos, como la conocíamos hasta hace poco. Acabaremos retrocediendo al escalón previo, al Homo erectus, el hombre erguido, de tanto mirar hacia abajo, hacia ese mundo que no nos exige mirar a los ojos. Para el dolor de vida, pastillas. Que acabaremos sin erectus pero seguiremos siendo modernos.

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