13 de septiembre de 2016
13.09.2016

Ortega americano

13.09.2016 | 04:15
Ortega americano

Mira por donde fui a caer en Buenos Aires en el hotel Reconquista. Es una lata, porque cuando alguien te pregunta dónde te hospedas, te da vergüenza confesarlo. Al final, la sonrisa del paisano que te mira de arriba abajo significa sencillamente: ¿Qué otro hotel podría elegir un español? Todo se complica cuando digo a qué he venido. Con timidez susurro: «A un congreso sobre Ortega y Gasset». Ah, ¿aquel Ortega y Gasset que se sentía orgulloso, casi como Felipe II, de que sobre las páginas del Espectador no se ponía el sol? Entonces uno no sabe dónde meterse, o mejor, le dan ganas de no salir de Covadonga. La siguiente pregunta es ineludible: «¿Pero ese congreso lo paga Macri?» No. No lo paga Macri, que ya tiene bastantes problemas con los transportistas, el paro y el narcotráfico. Luego me entero de que el nombre del hotel no hace referencia a nuestra epopeya, sino a la suya. Eso me reconforta. Nada mejor que la abundancia de epopeyas para no herir susceptibilidades.

En realidad no haré sólo eso. También iré a un seminario de la UBA, para discutir sobre populismo, y al día siguiente me pasaré por la Universidad de San Martín para exponer una tesis provocadora: que la Modernidad es la época definitiva. Y como fin de fiesta, iré a la Universidad de La Matanza, el barrio pobre de Buenos Aires, donde me han invitado a hacer un seminario sobre republicanismo; en esta Universidad que es un centro intelectual del peronismo. Me interesa mucho este encuentro con la pasión política argentina, que intenta recomponer fuerzas ante un Gobierno que, de creer los noticieros, anda desarbolado. Así que entre el congreso de Ortega y las demás actividades, sin olvidar un congreso sobre Fichte (a la vejez, regresan las sombras de la juventud), me voy a llevar una impresión bastante precisa de la situación universitaria porteña, algo que siempre resulta interesante, sobre todo dada la situación del debate español.

Hablé en el mencionado congreso precisamente de la idea de Universidad de Ortega, que en realidad fue la inspiración de la tesis de Sacristán sobre la función de la Filosofía en los estudios universitarios. En realidad, como casi todo en Ortega, aquella tesis fue bastante circunstancial y no creo que estuviera en condiciones de defenderla pocos años después. Pero es muy interesante comprobar las diferencias entre nuestras épocas. Ya entonces Ortega pensaba que la Universidad estaba coja si solo atendía a la profesionalización y a la especialización científica. Con estas dos patas no podía atender su misión. La primera dimensión correspondía, decía, al principio de la pedagogía; la segunda, al principio de la ciencia. Pero con ello no se lograba cumplir una función que para Ortega era esencial. Me refiero a la necesidad de generar un amplio cuerpo social de profesionales cultos que estuviera en condiciones de orientar a la opinión pública en todas las facetas de la vida desde una perspectiva general sobre lo importante en cada generación. Por eso Ortega imaginó una cooperación de la Universidad con la prensa capaz de mejorar a las dos partes, y en ella puso sus esperanzas de un tipo humano especial, dotado de autoridad pero no de poder. Pues no deseaba, como Gramcsi, forjar un poder político directo, un príncipe nuevo. Ortega nunca se separó de la teoría católica de los poderes espirituales indirectos como aquéllos que hereda el intelectual.

En realidad, esa fue su propia experiencia y aspiración. Su fracaso inclina a creer lo incorrecto de su doctrina, pero sólo si se miran las cosas de lejos. Hoy, el liberal Ortega sería un enemigo acérrimo del neoliberalismo, que no quiere saber nada de la Universidad al margen de una inversión económica. Al menos, una pasión social atraviesa su pensamiento, que estaría lejos de plegarse a las formas disciplinarias actuales. En todo caso, que un grupo de orteguianos latinoamericanos desde México a Chile, pasando por Brasil, se reúnan con sus pares argentinos, organizados en la Fundación Ortega y Gasset Argentina, para celebrar lo que aconteció ahora hace exactamente un siglo, ya es mucho más de lo que conseguirán los que se cansen criticando su teoría. Cuando Ortega venía a Argentina, buscaba dar lo mejor de sí mismo. Siempre. Pero jamás pudo repetir su impacto de 1916. Luego, los viajes de 1928 y los dos años y pico que estuvo tras la guerra, ya no pudieron ser lo mismo. En 1928 ya andaba por aquí Guillermo de Torre, el marido de la hermana de Borges, un enemigo casi tan dotado para la burla como Gregorio Morán, y la juventud argentina daba muestras de una genialidad insultante. En 1939 publicó todo lo que tenía presentable de su producción final, en una serie de argumentos trabados y sistemáticos, pero no fue suficiente. La tristeza de este tercer viaje –narrado con detalle y piedad por Marta Campomar- concede a Ortega una cierta dimensión épica, no del grácil héroe aventurero que cantara en su juventud, pero sí de un celtíbero numantino resistente y rocoso.

Así que los amigos argentinos hacen bien en recordarnos que hay un Ortega americano, pues Argentina fue un estímulo tan intenso en su circunstancia como España. En realidad, hace un siglo Ortega fue un acontecimiento en estas tierras y es lógico que se rememore. La Embajada lo hace con un cómic dibujado y narrado por dos jóvenes argentinos, y publicado por una editorial de nombre poco enigmático pero muy porteño: «Loco rabia». El texto cuenta con la asesoría de los directores de la Fundación, Roberto Aras e Inés Viñuales, y es fiel y certero, con detalles escabrosos incluidos que sólo se pueden contar así. Los dibujos son de una impresionante y humilde calidad. Si algún día se edita en mayor formato y mejor papel, algunas viñetas sacarán todo lo que llevan dentro, sobre todo al mostrar las panorámicas urbanas.

Alguien del congreso, que no quiso ser aguafiestas, dijo que Ortega no está presente en los libros de texto argentinos ni en los planes de estudios. ¡Eso pasa con tantos! Yo argumenté diciendo que nosotros somos seres epigonales, y que no estamos presionados por las responsabilidades de las épocas de formación, sino inclinados a los tibios placeres de la rememoración. Lo creo así. Cuando se entra en la sala de juntas del Rectorado de la UBA, lugar donde Ortega daba sus conferencias hace un siglo, se tiene una innegable experiencia histórica, esa que de forma intuitiva nos ofrece los materiales del pasado en su plenitud, no desde las fuentes, desde los textos o desde los relatos, sino desde la presencia envolvente de una totalidad de estímulos en la que los elementos físicos y psíquicos sobrecargan una atmósfera objetiva con una Stimmung subjetiva nítida e irrepetible.

Esa experiencia histórica es una forma de conocimiento que constituye a quien la experimenta, lo cambia, lo dota de una percepción que ningún conocimiento letrado puede dar. Un siglo después, la misma calle Viamonte permite preguntarnos no por lo que queda de la presencia de Ortega, sino por lo que queda de todas las promesas de antaño. Nuestra batalla ya no es grandiosa, ni podemos mitificar ninguna de nuestras rememoraciones. Pero como dije por aquí, lo epigonal encierra un obstinado derecho de lo pequeño a guardar fidelidad a lo grande. No es el tiempo de los proyectos megalómanos. Pero eso no puede inhibirnos de mantener la divisa: nada humano debe ser olvidado. La visita de Ortega en 1916 tampoco. Por cualquier sitio puede prender el nuevo comienzo, en cualquier rincón pueden activarse las viejas promesas y anhelos y surgir una imagen dialéctica. Mientras tanto, algo es seguro. Macri se hurga los bolsillos vacíos.

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