14 de septiembre de 2016
14.09.2016

El circo de la Fórmula Uno cambia de propietario

14.09.2016 | 04:15
El circo de la Fórmula Uno cambia de propietario

Dijo Frank Williams que la Fórmula Uno es un deporte cuando cada domingo de carrera el semáforo se pone en marcha. El resto del tiempo –añadía– es un negocio. Y se trata en realidad de un tremendo negocio tal y como nos recuerda el reciente cambio de propiedad del accionario que maneja el llamado circo de la Fórmula Uno. Después de diez años de liderazgo, la empresa radicada en Reino Unido, CVC Capital Partners, dejará a principios de 2017 en manos de la norteamericana Liberty Media Corporation el 35,5% de acciones y con ello el control sobre su explotación.

Las cifras de venta son de tal magnitud que resultan difíciles de manejar para un aficionado de a pie: 3.930 millones de euros. Libres los simples mortales de tener que gestionar tales cantidades, nos resta preguntarnos qué aportará el cambio. Liberty Media está especializada en el mundo del espectáculo, el deporte, la difusión de contenidos digitales y las redes sociales. Dada la bajada de las cifras de seguidores en las pantallas y en los circuitos, mucho deberán carburar los nuevos propietarios para frenarlas.

Bernie sigue «al volante»
Tradicionalmente un cambio de propiedad suele pasar por la renovación de cargos, lo que en lenguaje llano llamamos cortar cabezas. Pero no será exactamente así en este caso y aunque Chase Carey, hasta ahora vicepresidente ejecutivo de la 21st Century Fox, pasará a ser el nuevo presidente, no tendrá todo el poder. Como en un circo, Carey será el director de pista, pero el domador, el que maneja el látigo, ese no cambia: Ecclestone, con sus gloriosos 85 años, seguirá por tres más como director ejecutivo, domando a unas fieras que en este circo son los equipos.
En realidad, Bernie siempre ha estado ahí: como mánager de pilotos en los sesenta, propietario de equipo en los setenta y desde hace 40 años simplemente como «mandamás». Ecclestone, hijo de familia de pescadores, comenzó como vendedor de coches de segunda mano. Hoy día ocupa el puesto 527 de la lista Forbes y su fortuna se estima en 3.000 millones de dólares. Intentó, en vano, convertirse en piloto de Fórmula Uno, pero falló al no clasificarse para el Gran Premio de Mónaco de 1958. Estar detrás del volante no era lo que mejor se le daba y en 1972 compró el equipo Brabham. Fue entonces cuando comenzó una carrera que diez años después, a principios de los ochenta, puso en sus manos el control de los derechos televisivos de la Fórmula Uno. El modo en el que Eclesstone comenzó a negociar los derechos con las televisiones, por paquetes anuales y no por carreras individuales, puso los cimientos del actual modelo de negocio.

Muchos se preguntan de dónde salió el dinero para hacerse con Brabham. Ha habido quien ha sugerido que estuvo implicado en el asalto al tren de Glasgow en 1963, del que se robaron 2,6 millones de libras. Bernie declaró al Independent en 2005: «No había suficiente dinero en ese tren. Yo lo hubiera hecho mejor». La compra de Brabham dio sus frutos deportivos e hizo que su piloto estrella, Nelson Piquet, fuera campeón en 1981 y 1983. Muchos de los mecánicos de Bernie exprimían el reglamento hasta lo que algunos tachaban de ilegal. Desde hace años, paradojas de la historia, varios de ellos son los que controlan que se observe la legalidad en Formula Uno. El más destacado es Charlie Whiting, director de carrera de la especialidad y de quien dependen –en último lugar– las decisiones deportivas.

Llevamos tiempo barajando el nombre del posible sustituto de Ecclestone. Lauda, Briatore, Wolf? La lista es tan larga como el látigo de Bernie a quien ni la edad, los procesos judiciales o la pérdida del control accionarial descabalgan. El circo continuará a pesar de todo y de todos. Y lo hará con esos profesionales de los que habitualmente no conocemos nombre y apellidos y que, como en el circo, montan y desmontan el tinglado. Y lo hará, por su puesto, con esos equilibristas que se juegan el cuello cada vez que se suben a un monoplaza, los pilotos.

Donde ya no continúa es en Valencia. Aquí, ciertos prestidigitadores y trileros hicieron salir de la chistera un Gran Premio que deportivamente nos regaló una de las mejores carreras de la historia de la Fórmula Uno, la victoria de Alonso en 2012. Pero como en cualquier truco, también hicieron desaparecer cosas, fundamentalmente, el dinero de los valencianos, sobre el que la justicia sigue indagando. Y también se esfumó por arte de magia un intangible: la remota posibilidad de que la Fórmula Uno vuelva a Valencia, donde las instalaciones se pudren y deterioran sumidas en el olvido y el bochorno por una negligente gestión que hizo que el semáforo verde que convierte el negocio de la Fórmula Uno en un deporte no se vuelva a encender jamás.

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