07 de octubre de 2016
07.10.2016

La crisis y la precariedad de los jóvenes

En realidad no estamos ante una simple crisis, sino ante una enfermedad social. La incertidumbre se ha extendido, el valor monetario de las cosas queda en entredicho y origina el deseo de reconsiderar los valores en sentido general.

07.10.2016 | 04:15
La crisis y la precariedad de los jóvenes

Vivimos en un mundo inimaginable para nuestros padres: los progresos de la economía, de la técnica y de la medicina hacen que de alguna manera el progreso material se haya socializado, alcanzando a capas de la población cada vez más amplias. Así, la esperanza de vida actual es la más alta que ha alcanzado el ser humano en toda la historia, los niveles de renta han ido mejorando a pesar de la grave crisis económica y sus secuelas. Pero nos encontramos también en medio de una civilización del derroche de los recursos y del paro, del cambio climático, de la superpoblación, de las crisis periódicas derivadas de la economía, las guerras interminables, de la avalancha de inmigrantes y refugiados que se dirigen a la vital Norteamérica y a la vieja y próspera Europa. Dentro de nuestras contradicciones, en este planeta tan evolucionado el hambre y la pobreza siguen siendo muy visibles, incluso en las naciones que disfrutan el llamado primer mundo. La codicia y la mala gestión se disparan hasta límites impensables, así una prestigiosa marca alemana de automóviles falsifica las emisiones de gases contaminantes y origina un escandalazo, y la eficaz y pragmática Alemania, que todos aceptamos como líder de Europa, permite que siga volando un piloto seriamente enfermo, que al final mata a todos los que compartían el vuelo con él. En Suecia, imagen del paraíso socialdemócrata de los nórdicos, alguien asesina en medio de la calle al primer ministro, Olof Palme, y todavía no sabemos si hubo una conspiración de varios, si el asesino actuó por su cuenta o qué ocurrió realmente.

Hubo visionarios que con mucha anticipación contemplaron con desagrado algunos efectos de la industrialización, las consecuencias deshumanizadoras de la modernidad. Así el gran escritor inglés D. H. Lawrence escribió en 1928 lo siguiente: «La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos a tomarla por lo trágico. El cataclismo se ha producido, estamos entre las ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas esperanzas insignificantes». La frase figura al comienzo de su novela El amante de Lady Chatterley. Escrita la frase en los felices 20, poco antes de la gigantesca depresión de 1929, antes de la II Guerra Mundial y la bomba atómica, supone una anticipación descomunal.

La vida actual contempla lo vertiginoso, instantáneo, espectacular y volátil, con muchos efectos especiales y mensajes de guasap que se superponen. La sociedad del espectáculo fugaz. Pero también habría que anotar que algunos economistas señalan que la falta de valores éticos no ha influido en la crisis que nos tiene acongojados desde hace casi diez años, y que mantiene angustiados a los países del sur de Europa. Según este pensamiento, las crisis se han sucedido a lo largo de los siglos y habría que interpretar que no solo son endémicas del capitalismo sino que son consustanciales a la naturaleza humana. Como si la tendencia a las corrupciones, los desvaríos y las caídas fueran parte de nuestra genética ancestral. Y con todo ello, la crisis no solo es económica, sino también laboral, ecológica, climática, social y política. Sin embargo, la sensación de miedo y de frustración genera conductas positivas, ya que los humanos se han venido enfrentando a múltiples desastres de la naturaleza, de la economía, de los conflictos internacionales. Y en esos desafíos han afinado la creatividad para construir el progreso. La conmoción actual no habría sido tan fuerte si se hubiese tratado de un fenómeno lento y paulatino. Pero nuestra crisis se significa sobre todo por haber supuesto una brusca caída desde una altura nunca alcanzada hasta el presente.

Por otra parte, la globalización hace que seamos partícipes al mismo tiempo de acontecimientos muy lejanos, acontecimientos que se enhebran entre sí. El viejo mundo ya no es dueño de sus destinos, ahora inversores chinos y de los Emiratos se van adueñando de los restos del naufragio. Además, estamos tan intercomunicados como nunca, en cualquier lugar se comentan las mismas cosas, se escuchan los mismos discos de música pop, se viste de la misma manera porque la moda todo lo uniformiza, se contemplan los mismos anuncios en la televisión. La moda y la actualidad son efímeras, las ideas antiguas ya no sirven pero no encontramos todavía unas ideas nuevas que nos estabilicen. Porque el marasmo y la confusión se extienden, lo antiguo está gastado o ya no es útil, todo se ha relajado y ablandado. Lo absoluto se ha hecho relativo, los frenos morales o religiosos no actúan sobre la conciencia de las masas, los principios y las creencias se han venido abajo, todo está dominado por el escepticismo.

Dicen los economistas que esta crisis, como cualquiera de las anteriores, es similar a una gripe: viene con fiebre y dolores musculares, nos deja bajos de forma, con fuerte decaimiento y luego, con antibióticos o sin antibióticos, desaparece por sí misma. Pues en realidad no estamos ante una simple crisis, sino ante una enfermedad social. Con problemas de avaricia, con mucha gente que se ha enriquecido y otra gente que ha vivido por encima de sus posibilidades, gente que ha buscado ganancias desmedidas a costa de lo que sea, desorden y codicia extrema. La incertidumbre se ha extendido, el valor monetario de las cosas queda en entredicho y origina el deseo de reconsiderar los valores en sentido general. La mayoría de los europeos piensa que lo que cuestiona la crisis son nuestros actuales códigos, la forma de vida.

Sin duda, quienes peor están pasando esta crisis son los jóvenes. Sometidos a contratos engañosos, a cobrar míseras comisiones, a estar permanentemente a prueba. Eso es lo que tendría que sonrojar a gobernantes poco dispuestos a meter en cintura a empresarios desaprensivos que aprovechan la coyuntura para extremar la precariedad. Frente a los análisis optimistas, un país que trata así a la generación del relevo está construyendo un futuro engañoso.

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