10 de octubre de 2016
10.10.2016

Las fronteras del no

09.10.2016 | 20:23
Las fronteras del no

Los temas y los argumentarios duran una semana. Si la semana anterior nos movimos en el «mejor cualquier acuerdo que unas terceras elecciones» (que serían «lo peor»), eludiendo la palabra abstención (que es la hermana puta del no), esta semana pasada, vencido y desarmado el ejército de la rosa, le toca bailar a la estabilidad, o sea, la entrega de las armas. La estabilidad, sin embargo, parece un exceso estratégico urdido por la mano oculta que mece la cuna y que permitiría presentar la abstención no como una entrega, sino como un acto de resistencia. Todos salvarían los muebles: el PP obteniendo el gobierno y el PSOE maquillando su dignidad. Parece que se resisten, cuando ceden; parece que se conforman, cuando vencen. ¡Ya te vale!

Aunque no es un principio que se pueda definir, sino una práctica que se debe analizar, deberíamos ponernos de acuerdo acerca de lo que entendemos por progreso, es decir, qué se debe conservar, porque es bueno, y qué se debe cambiar, porque no lo es o se puede mejorar. Digo esto porque así como la gente de derechas siempre lo es de la «verdadera», parece que no ocurre lo mismo con los progresistas y de izquierdas: acusados con frecuencia de pseudoprogres y de izquierdistas de boquilla. Recuerdo un artículo de Xuso Civera en el que arremetía contra los pseudoprogres sesentayochistas por oponerse a los campos de golf en lugar de defender las bondades del turismo. No hace mucho, Joan Carles Martí hacía otro tanto: arremetía contra los grupúsculos de pseudoprogres que reivindican el feudal derecho al descanso (según él, un privilegio y conservador), defendiendo la «economía nocturna», esa gran cantidad de empleos que generaría en el vulgo alborotado una desenfrenada noche turística. Ayer, como quien dice, Sergi Pitarch hacía lo propio con ocasión del Puerto Mediterráneo: arremeter contra el lobby conservacionista del Consell que ha frenado una inversión extranjera en Paterna, asegurando que «conservar no es ser progresista», (así de apodíctico: ¡más madera!). Por mi parte, sin negar que una mayor información me permitiría una mejor opinión, espero el debate concreto entre los concernidos. Temo, sin embargo, ser un pseudoprogre sesentayochista que, encima, se la coge con papel de fumar. Un sin remedio.

Como dijo Byung-Chul Han, la «sociedad de la transparencia» es un asco. Llevada a sus últimas consecuencias niega la diferencia, la intimidad y el secreto, y todo se nos muestra con descarnada pornografía. El derecho a la total información, a entrar en cualquier rincón sin respetar la oscuridad de alguna frontera, sin ninguna reserva para el no, se convierte en una invasión que todo lo anega sin aportar conocimiento ni mejores opiniones. Esto es lo que justifica que el imbécil de Gatti, un invasor italiano cargado de razón, haya roto con el anonimato elegido por Elena Ferrante, la escritora napolitana, sin aportar nada valioso a cambio. También justificaría el derecho que tenemos de manosear vídeos y audios sustraídos de la intimidad del Comité Federal de PSOE, grabados con indignidad y difundidos con alevosía por no sé qué estúpidos espías. ¡Un poquito de por favor y de silencio!

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