18 de octubre de 2016
18.10.2016

En el límite

18.10.2016 | 04:15
En el límite

El umbral es una línea mágica. En el momento de inflexión, de cambio, de tránsito, en el punto de crisis, ahí se juega todo. El modo hispánico de hacer política espera eso. Acumula tensiones, presiones, obstáculos, puntos de fuga, callejones sin salida y lo deja todo al milagro de que, en el umbral, la puerta esté abierta. ¿Y si está cerrada? Sobre el umbral gobiernan esas fuerzas que unos llaman fortuna, azar u ocasión, cuya reducción otros sueñan alcanzar con ponerle otro nombre, soberanía. Pero esa fuerza del umbral es irreductible. Sobre ella, partiendo tiempos y espacios, domina lo sobrevenido. El grado de intensidad de las fuerzas y la cantidad de las mismas hacen imposible calcular esa línea de frontera. La microfísica del umbral en política es como la física de partículas. Aquí todo Maquiavelo es un iluso.

Eso significa en nuestro caso que, cuanto más nos aproximamos a la fecha de finales de octubre, día de dar paso a una mínima zona de normalidad, más peligros correremos de sumirnos en la confusión. Es una situación ambivalente. Por una parte, ese campo de fuerzas, del que puede salir cualquier cosa, es signo de una sociedad más bien abierta, sin una dirección central. Por otra parte, es índice de una fractura que afecta a los consensos básicos de una sociedad. Cuando escucho a los líderes del PSOE negarse a abstenerse porque no tienen nada en común con el PP, me acuerdo de la actuación de Fernández Ordóñez, un hombre de Zapatero, en el caso Bankia, facilitando la actividad delictiva de Rato. ¿Nada en común? ¿Desde cuándo? La lógica del asunto es ésta: cuanto más en común hemos tenido, tanta más hostilidad debemos tener hoy. Otra ambivalencia.

¿Cuál es la lógica de esa dificultad de transitar el umbral? Creo que lo que está en juego es, en el fondo, la consideración de Rajoy como un líder ilegítimo. Sin embargo, nadie se atreve a decirlo. Eso implicaría cuestionar la democracia española. Pero la dificultad de atravesar el umbral de la normalidad es síntoma de ese cuestionamiento implícito. Si la situación se vive sin extrema pasión es porque no se aprecia tanto una ilegitimidad en la democracia española, sino en determinados actores, que no son capaces de canalizar los conflictos de la sociedad. De expresar esta valoración, solo quedaría el enfrentamiento civil. Como nadie quiere positivamente esto, sino la democracia, todos asumen negativamente que no pueden cooperar con Rajoy. Así que todos están perdidos en los síntomas, sin ir a la causa.

Si el PP hubiera hecho asumir su responsabilidad política a todos los actores políticos de la época de Aznar, si hubiera cambiado su plana mayor y hubiera perseguido la corrupción en su seno, hubiera desprotegido a los sospechosos, descubierto y perseguido a los corruptos; si Rajoy, como representante activo de este periodo oscuro y nefasto de la historia española hubiera asumido sus responsabilidades, no se habría llegado hasta aquí. Eso implicaría además otros giros políticos ante situaciones que hoy se ven como callejones sin salida: Cataluña, educación, investigación, salarios y empleo digno y estable, infraestructuras, política ecológica, dependencia. Todas esas políticas erróneas están simbolizadas por la corrupción, y la población reclama romper con todo a la vez. Esta ruptura mostraría la capacidad de reflexión, de autocrítica y de mejora propias de una democracia en progreso, no anclada en el pasado con losas de hormigón, sino abierta al futuro.
Desde luego, no es un asunto personal de Rajoy. Es un problema del partido. Da vergüenza escuchar a una persona inteligente, como debe ser Levy, llegar al cinismo de asegurar que el PP ya ha asumido las responsabilidades políticas por el caso Gürtel, y ahora solo se trata de que se verifiquen las responsabilidades penales. Unas que, por cierto, el PP ha pretendido evadir luchando para que el juicio se declarase nulo. Esta conducta muestra que no se sabe qué es una responsabilidad política, pero que tampoco se quiere aprender, dada la inmensa mala fe de quien incluso espera sacudirse las responsabilidades penales. ¿Esto es propio de un partido democrático? ¿Es legítimo el líder que dirige esta estrategia que nos produce escándalo? Pues no podemos desconocer que el motivo por el que hemos llegado hasta aquí, el motivo por el que se pone en cuestión todo el entramado institucional, por el que se ha llegado al umbral de la impotencia de todo el sistema político, no es un vínculo operativo de Rajoy con Aznar, que no existe. Es la estéril pretensión de Rajoy de creer que puede desvincularse de la época de quien le puso a dedo en el poder. Cuanto más lanza Correa la culpabilidad de sus fechorías sobre el tiempo de Aznar o sobre Camps, más implica políticamente a Rajoy. Nadie puede imponer que nos comamos estas evidencias. Es una piedra demasiado dura.

Esto ha fracturado a la población española en posiciones políticas irreconciliables, porque se basan en evidencias contrarias que conciernen a los fundamentos mismos del sistema democrático. Y por eso es tan difícil atravesar el umbral hacia la normalidad. En realidad, dar ese paso lo desea la población tanto como lo odia y lo teme. Escindida en sus propios valores e intereses, España ha entrado en un estado esquizoide. Pero lo peor de todo es pretender vivir como si fuéramos un país normal en el límite de estas tensiones que preludian la catástrofe psíquica. Es lo que hemos visto el 12 de octubre. Pretender que, en nuestras condiciones, exista unidad en la celebración de una fiesta nacional es una utopía y la pretensión de imponerla no hace sino mostrar las fracturas irreconciliables de la población. Puesto que lo que está en la base de estas diferencias es la apreciación de dignidad política de algunos actores, toda acción suya escenificará esa fractura que, contaminada por la cuestión de la dignidad, se tornará irreconciliable. En estas condiciones no hay mejor confesión del síntoma que la respuesta de Rajoy a los periodistas ese mismo día. «Lo mejor que puedo hacer yo es estar callado». Desde luego. Pero callado de verdad. Pues de qué nos sirve un poder si no puede dar la cara, hablar a los ciudadanos, porque divide en cuestiones de dignidad. En ese silencio autoimpuesto, Rajoy confesó de forma clara que él es el escándalo que divide a los ciudadanos y que sólo podemos cruzar el umbral de la normalidad si él no aparece. Pero él se empeña en que todos trabajen para que él sea el poder que nos gobierne en la normalidad. El tabú de olvidar a Rajoy para encumbrarlo. La situación del esquizoide. Porque lo que nos pide Rajoy nos llevaría directamente a la psicosis: se trataría de olvidarlo, de tal manera que reprimamos ese olvido. ¿Pero cómo hacerlo con él de presidente?

Cruzar el umbral hacia la normalidad en estas condiciones solo se hace a costa de caer en la esquizofrenia. Y así están las cosas. Durante mucho tiempo, el PSOE tuvo a gala decir que era el partido que más se parecía a España. Me temo que tiene razón, aunque quizá sea por esta última vez. Sobre él se va a concentrar esta pretensión de normalizar el país a costa de vivir en la esquizofrenia, y ese es el estatuto real de su enfermedad, pues se ha autoimpuesto la obligación de hacer algo que no sabe cómo hacer. Cuando se esté en el límite y las cargas de la realidad se concentren y arremolinen a su alrededor, sólo debería evitar que todo suceda bajo el signo de lo más probable, en ese estado parecido al frenesí insomne del delirio.

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