04 de noviembre de 2016

América no es un país, es un negocio

04.11.2016 | 04:15

Según María Moliner, mercancía es «cualquier clase de cosas transportables que son objeto de comercio habitual»; la RAE reemplaza «transportable» por «mueble». Ambas redacciones pensando, al parecer, en los productos y objetos que el hombre elabora para la compraventa. ¿Por qué no rubricaron algo así como «todo lo que se puede comprar y vender, exceptuando el ser humano»? Indudablemente nuestros académicos saben que existen otras categorías como el medio natural, el trabajo y el dinero, objeto de comercio en la economía de mercado en que vivimos. ¿Tal vez sospechan que, de hecho, la mercantilización de estos factores entraña la mercantilización del ser humano? ¿Acaso se resisten a admitirlo por escrito?

Aturdidos o anestesiados por la modelación del sentido común, aceptamos la mercantilización de la vida como un hecho natural. La tensión entre mercado autorregulado y estado regulador „entre liberalismo clásico y liberalismo socialdemócrata„ está plenamente decantada por el impulso neoliberal, con limitada resistencia de la tradicional socialdemocracia „cuando no de notoria colaboración. Y si un mercado globalizado y libre de riendas engrana el trabajo, el medio natural, y el dinero en sus mecanismos, la esencia del hombre acaba sometida a sus leyes, la sociedad deviene una farsa incubada por un sistema económico rabiosamente individualista, y la política perece a manos de una economía que le reclama a aquella plena independencia.

El medio natural es el entorno en el que el hombre asoma, lo puede gestionar en su provecho, pero no es obra suya; en él respiramos esperando que también lo harán nuestros descendientes, y no es inocua su conversión en mercancía. El trabajo está integrado en el ser ¿cómo, sino con trabajo, puede el hombre gestionar el medio natural? Es consustancial a la vida del hombre, la cual no es gestada como mercancía. El dinero es un medio de pago, una promesa de aceptación cuando se intercambie por verdaderos bienes; es poder adquisitivo, y como tal concierne al devenir de la existencia. Ninguna dificultad para visualizar los signos de la mercantilización de la vida, directamente o con la lente de los medios. Se pueden auditar en vivo, también los pregonan los informes, los discursos, la literatura, la música y el cine. Algunas áreas del planeta tienen llagas más profundas, África la más ulcerada. La guerra alimentada por la búsqueda de rédito comercial y beneficio crematístico, el rostro más terrible.

El ingenio del hombre permite producir igual cantidad de bienes en menor tiempo, pero ¡qué desengaño! no repercute en mayor descanso del factor trabajo; el mercado lo arranca de la vida, el mismo mercado que, apoyándose en el excesivo desempleo, apuntala el empleo denigrado y precario. Difícil expresarlo con mayor claridad que Karl Polany, uno de los pensadores que con más solidez y fundamento han analizado críticamente el capitalismo liberal: «La pretendida mercancía denominada fuerza de trabajo no puede ser zarandeada, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar».

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