14 de noviembre de 2016

De la casta al «establishment»

14.11.2016 | 04:15
De la casta al «establishment»

Nadie puede negar, ni sus propios votantes, que el discurso de Donald Trump resulta absolutamente impresentable. Sus continuas provocaciones dialécticas contra hispanos, mujeres o periodistas le harán pasar a la historia de los presidentes estadounidenses. Sin embargo, ha conseguido una victoria inapelable contra Hillary Clinton y más de 59 millones de personas le han votado, principalmente por demérito de su adversaria, pero también por el uso de un discurso populista que ha sabido capitalizar el voto de la rabia, de la impotencia, de la desesperación, en definitiva, del revanchismo contra un sistema injusto.

Al margen de esos titulares que casi en exclusiva llegaban a nuestro país sobre la campaña, en los que se dibuja a un candidato ridículo y acechado por los escándalos, éste supo llamar a la puerta de quienes están siendo golpeados con dureza por la crisis, encontrando ya abonado ese mismo terreno que ha dado sus frutos con Podemos, Syriza, Frente Nacional o el brexit del Reino Unido. Todas las comparaciones son odiosas, y no es cuestión de enfadar a Pablo Iglesias, como hizo el líder de Ciudadanos al meterlo en el mismo saco, pero parece complicado diferenciar entre quienes arremeten contra la casta política y aquellos que lo hacen contra el establishment norteamericano, o por poner otro ejemplo, entre los que reclaman una renta básica de 650 euros mensuales para todo el mundo o el que amenaza con sancionar a Ford si externaliza parte de su producción en México. Guardando las distancias ideológicas, se trata de populismo y de intentar conquistar el voto de los que han sufrido el acentuamiento de los niveles de desigualdad y las políticas antisociales.

Michael Moore fue uno de esos pocos que aventuró el triunfo de Trump, asegurando que iba a suceder, por el simple hecho de que «los votantes podían hacerlo y querían ver el mundo arder». Algo así pasó en España, cuando nuestras élites de poder se resistieron a aceptar el resultado de las urnas y tuvimos que votar por segunda vez. En ese momento, volvimos a hacerlo casi del mismo modo porque podíamos, sin más argumento, pero además, por el puro deseo de denunciar una clase política empobrecida que nos acusaba de no haber sabido votar. Cualquier populismo es peligroso, pero no por ello debemos caer en el error de no escuchar a quienes los votan como una fórmula para canalizar su rabia, puesto que aunque resulta exagerado decir que querían ver el mundo arder, sí buscan prender un sistema capitalista que padece de ceguera crónica y necesita de una profunda revisión.

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