16 de noviembre de 2016

El Dios no homogéneo

Sobre el nuevo superior general de los Jesuitas

16.11.2016 | 04:15

Recién elegido superior general de la Compañía de Jesús, al venezolano Arturo Sosa (este día 12 sopló 68 velas y además del grado en Filosofía y en Teología es doctor en Políticas), los propios Jesuitas le hicieron una cómoda entrevista en la que, no obstante, dejó caer una frase que ha incendiado a la tradición y a la más pura conservación católicas (aunque seguramente no al Papa Francisco). Dijo Sosa que "Dios no es homogéneo", en el sentido de que el ser supremo contempla y se complace con la enorme diversidad del mundo y del género humano según razas, creencias, ideas, religiones, etcétera. La frase causó algunos temblores porque rápidamente la estricta observancia tomó la sabia dogmática en sus manos y advirtió de que un Dios heterogéneo no casa con los atributos que el cristianismo asigna a su creador. Por una parte, según la raíz aristotélica de la teología escolástica (la oficialmente vigente, aunque no oficiosamente), se describe a Dios mediante compactos atributos que repelen cualquier dispersión de Dios hacia relativismos y aventuras semejantes. El Dios absoluto, y no relativo o condicionado. Pero, por otra parte, el extraordinario dogma de la Trinidad aleja la idea de un Dios solitario, sólo inabarcable, sólo incomprensible, sólo adorable y radicalmente temido. En ese punto, es sustancial la definición del Dios cristiano en contraste con el Dios judío o el Dios musulmán. El filósofo Gustavo Bueno, hace poco desaparecido, exponía este asunto con gran brillantez, haciendo notar la imprecisión de fórmulas como "las tres religiones del libro" o "las tres religiones monoteístas". Dicho con brevedad, un abismo separa al Dios cristiano definido por la teología (que es un saber racional) del Dios reverenciado por religiones que o no tienen teología, o no quieren quebrantar los contornos de la Antigua Alianza. Pero en este precioso punto habría que dejar a equipos de teólogos de uno y otro signo disputar acerca del grado de homogeneidad o de heterogeneidad de un Dios contemplado entre los parámetros antedichos. Por ejemplo, un equipo de jesuitas contra un equipo de cardenales anti-Francisco, con una pacífica franciscana, o una sosegada benedictina, como moderadoras. Ahora bien, esa cuestión en disputa teológica quedaría aplastada si se examina bajo otra perspectiva, que es la de la práctica pastoral de la Iglesia desde sus orígenes a la voz de "id por todo el mundo anunciando el Evangelio", y "para que todos sean uno".

Es decir, al firme tradicionalista no le cabe en la cabeza que, por ejemplo, se dialogue amable y ecuménicamente con un luterano en lugar de convertirle a la verdad, incluso aplicando al hereje una moderada técnica coercitiva ("arderás en el infierno", ya que el Código Penal evita hoy prenderle fuego en esta misma vida). Pero, volviendo a la seriedad y complejidad del tema que nos ocupa, lo que movió a San Francisco Javier a bautizar en las Indias hasta que al final de cada jornada perdía la sensibilidad en el brazo, o lo que llevó a los Jesuitas a tocar el clarinete en el Paraguay para reducir en comunidades, proteger del esclavismo y convertir a los guaraníes (que aún hoy siguen diciendo "el pai volverá", el padre jesuita vendrá de nuevo), fue ese incuestionable celo por la misión y la conversión de las almas. Basta por hoy. Otro día hablaremos de un artículo del entonces joven Arturo Sosa, publicado en 1978, a un paso temporal del pontificado restaurador de Juan Pablo II, pero a más de una década del hundimiento del socialismo real. Dicho artículo ha sido también ampliamente difundido por los muy adversos a lo heterogéneo (moral sexual aparte, claro) y se titula "La mediación marxista de la fe cristiana".

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