17 de noviembre de 2016

La Europa menguante

16.11.2016 | 23:52
La Europa menguante

El amotinamiento que podría explicar la elección de Trump (él es el síntoma, no la enfermedad) y el ansia de venganza ante un sistema que los ganadores consideran «amañado», dibujan un escenario de revuelta que ya se ha dejado sentir. La globalización y la proletarización de la clase media son algunas de las causas y esto tiene difícil remedio. Con el auge de los populismos „a derecha e izquierda„ el principal conflicto que ahora toca resolver es el del contraste entre la complejidad de los problemas que nos apuran y la inercia a la que nos aboca la situación actual. ¿Cómo se sale de la complejidad sin actuar? Porque lo cierto es que aquí pocos quieren mojarse.

Desde la tribuna del Colegio Europa de Brujas „con motivo de la inauguración del año académico„ el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, hizo un animoso alegato invitando a dejar de lado la inercia y enfrentarse a la complejidad con paciencia y determinación. El luxemburgués ha sido protagonista endémico en los aprietos existenciales y sucesivos del Viejo Continente, desde la crisis monetaria a la económica y financiera, la de quienes no han respetado las reglas de la economía social de mercado, «de los que se han entregado al placer de la ganancia inmediata, del beneficio sin razón ni fin».

El único superviviente „junto con el euro„ del Tratado de Maastricht, está convencido que Europa se ha librado de la muerte súbita gracias a la disciplina de la moneda única, sin la que el choque entre los ahora socios habría sido inevitable. Y no pasa por alto la pérdida de influencia de Europa. Si a principios del siglo XX, el 20 % de la población mundial era europea, hoy somos el 7 % y al final de este siglo no pasaremos de un exiguo 4 %. Otros datos lo avalan, como la caída del PIB global (25 % y mañana caeremos al 15 %) de la UE, que representa un territorio de apenas 5,5 millones de kilómetros cuadrados en contraste con los 17,5 de Rusia.

Más. El brexit es una crisis política de mayor cuantía. Y tiene causas, próximas y remotas, si tenemos en cuenta que desde hace más de 40 años los británicos no han dejado de mostrar su descontento. Así que no debería sorprender que, «tras haber escuchado durante esos discursos, los ciudadanos votaron contra Europa». Pero se asoman unas negociaciones a cara de perro en las que lo cortés convivirá con lo evidente, es decir, una relación normal y amistosa con el Reino Unido no impedirá a los negociadores del Berlaymont dejar claro que, si los británicos quieren acceder libremente al mercado interior „principal activo comunitario„, tendrán que respetar todas las reglas, incluida la libre circulación de trabajadores.

Quien durante 18 años ha sido primer ministro de un pequeño país, defiende que Europa debe ser respetuosa con la subsidiariedad y, por tanto, con la dirigencia nacional, municipal y regional. De ahí que no deba inmiscuirse en la vida privada de los ciudadanos, suscitando su animosidad, ni perder de vista la regla de oro: «Europa se ocupa de las grandes causas de nuestro tiempo y no de las pequeñas cosas que tienen que ver con otros niveles de poder».

Para Juncker, el leitmotiv que debe presidir la construcción del futuro no es el pequeño estatismo: «Europa no puede dividirse en divisiones y subdivisiones nacionales, la historia va en el sentido del reagrupamiento», si bien los ciudadanos no quieren que se les hable de conceptos distantes, como los Estados Unidos de Europa. Y se encara con los populistas al defender que hay que mirar a la historia antes de resumirla. Y si se actúa así, se comprueba que los que en su día impusieron el euro, en buen número de países lo hicieron en contra de la opinión pública dominante, en aquella época. Por ejemplo, la Alemania de Helmut Kohl.

El pragmático se remueve contra la ingenuidad cuando entra en las aguas profundas de los intercambios comerciales y pone sobre el tapete que 31 millones de empleos europeos dependen del comercio exterior, uno de cada ocho puestos de trabajo. La UE tiene firmados 140 acuerdos comerciales que «nunca se discutieron en la plaza pública». El penoso espectáculo de la oposición valona a la firma del tratado con Canadá no escapa al sarcasmo del presidente de la Comisión: «¿Por qué no discutimos con el mismo ardor un acuerdo comercial con Vietnam, gran democracia?». Para hacerse una idea de los beneficios derivados, el acuerdo suscrito con Corea del Sur ha permitido crear 200.000 empleos en Europa. Idénticos serán los que se creen en el caso del canadiense.

Y la migración. Cuando el candidato social-cristiano a presidir la Comisión franqueó la investidura en el Parlamento Europeo, ya anticipó que sería una crisis existencial. Algunos se echaron a reír y no ahorraron el escarnio, «mira, el democristiano que hace caridad». Así que Juncker redobla: «Más vale invertir en África que echar a los africanos a las aguas mediterráneas».

Este hombre inmarcesible que es, junto con Draghi y a pesar de las críticas sonoras, el único líder con sentido verdaderamente europeo, se ratifica en que Europa es la única oportunidad, «no es hora de divisiones sino de integración prudente, reflexiva e inteligente». Como las grandes ambiciones y los trayectos largos, eso requiere paciencia y determinación. La paciencia, que también reclamara en su día Jean Monnet, no faltará. Lo que está por ver es si la inercia vencerá a la complejidad, porque se precisa esa determinación para construir la unión política, medicación urgente para buena parte de nuestros males.

El éxito de Trump estriba en que ha planteado cosas „absurdas, irreales, desdichadas„ que sabe que no cumplirá, pero las ha propuesto. La respuesta no puede quedarse en un exceso de palabras de madera. Se trata de actuar, de proponer actuaciones y llevarlas a cabo. De no ser así, Europa seguirá menguando.

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